Por: Fernando Toledo

De buen nivel

El feo, la comedia negra emparentada con un cierto neosurrealismo, en algo con el teatro del absurdo y aún con el de la crueldad de Antonin Artaud, cuya breve temporada finaliza por estos días en el Libre de Chapinero, es una reflexión mordaz sobre la catadura, los prejuicios y la identidad a partir de la obsesión actual por el aspecto físico y la belleza.

Se trata de un aparente divertimento, sin artilugios, que cuestiona los valores y que propone un cambio a través de la reflexión que se genera por el contrapunteo entre el humor y el drama. Su autor, Marius Von Mayemburg, es un dramaturgo del nuevo panorama alemán que, con enjundiosa repercusión en los países de solidez escénica, sigue desempeñándose como residente en el Schaubühne am Lehniner Platz, uno de los grupos de teatro paradigmáticos de Berlín.

Es sorprendente que la llamada Compañía Estable permita degustar una obra que fue estrenada en Munich hace apenas tres años y, sobre todo, con una puesta que subraya la efectividad de un texto carente de afectación y la coherencia de un relato que trasciende lo espacial y que resulta más cercano de lo que aparenta. La escenografía y el vestuario, de Julian Hoyos y Sabina Aldana respectivamente, concuerdan con la asepsia del desarrollo y se apropian de un vanguardismo, digamos gráfico, que establece la contemporaneidad de una historia cuya fortaleza reside en la simpleza. Las luces y la música ambiental, al prescindir de excesos, se ocupan de recalcar lo que ocurre en el palco escénico.

El trazado de los movimientos de los personajes, soportados por una actuación trabajada con minucia, logra que, sin estridencias y con la claridad necesaria, tres actores le den vida cada uno de ellos a dos personajes, a veces idénticos y a veces contradictorios, sin recurrir al menor afeite. La experiencia de veteranos como Marcela Benjumea y Víctor Hugo Morant aporta lo suyo por la verosimilitud interpretativa y por los matices que se apoyan en la riqueza de los pequeños quiebres dramáticos y, al mismo tiempo, en el lugar común cuando lo requiere la trama.

Sorprende el trabajo de Felipe Botero: asume con desparpajo el papel protagonista y lleva sin ambages al personaje por los vericuetos de una personalidad ambigua; Juan Manuel Lenis, a su turno, sale airoso al definir un par de arquetipos contrastantes y, a la vez, con aristas comunes. El mayor logro de la puesta corre, sin embargo, por cuenta de Pedro Salazar, el director y productor, quien además de conseguir eso que se llama clase mundial al plantear un juego escénico, cuya aparente simpleza establece un reto de dimensiones mayores, se ha propuesto vincular las tendencias internacionales a la enjuta escena local. ¡Buena esa!  

 

 

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