Por: Reinaldo Spitaletta

De cantinas y cafés

Los Panidas, que eran trece, alborotaban la parroquia de Medellín, en la segunda década del siglo XX, en el café El Globo. Pero, para ser justos, por estas lindes nunca hemos tenido cafés, en el sentido de aquellos lugares hechos para la conspiración y la charla, el intercambio de ideas y las discusiones políticas y literarias. Somos hijos de la cantina que, de acuerdo con algún gozón, pertenece más a la barbarie que a la civilización.

Para George Steiner, Europa está compuesta de cafés. Su tradición cultural se afinca en esos sitios hechos para el cotilleo intelectual, para el poeta y el filósofo, para el “flâneur” o el metafísico armado de pluma y cuaderno. La idea de Europa –dice- se funda en el café; en el mismo favorito de Pessoa en Lisboa hasta los de Odesa frecuentados por los gansters de Isak Bábel. Los cafés de aquella geografía están cruzados por la presencia de creadores (también de algún asesino), de bohemios que pintan, de hombres que discuten. En Copenhage está el café donde estuvo Kierkegaard rumiando su existencialismo; en Milán, alguno en el que Stendhal el francés imaginó sus obras italianas.

Por aquí, tuvimos la cantina de aguardiente y pianola. Aquella de tango y tinto humeante (también de cerveza y ron), en las que a veces olía a musgo o a telar. Ah, sí, por el Miami y el Metropol, en el centro de Medellín, deambularon nadaístas y rebuscadores, al tiempo que por el Perro Negro, en el que a Daniel Santos lo bautizaron como El Jefe, se mezclaban músicas de arrabal con aires de las Antillas y a veces aparecía el fantasmagórico detective municipal llamado Tartarín Moreira. Y hubo, en Bello, en Envigado, en Itagüí, el bar de obreros taciturnos, en el que muchos se “bebieron sus años”.

En Europa el café estaba abierto a todos, pero, a la vez, era una suerte de club. Había –vuelvo a Steiner- una presencia programática, una especie de masonería política y artística, alrededor de una copa de vino, una taza de café, un té caliente, y con tableros de ajedrez y préstamo de periódicos. El café se hizo para los opositores, para los que iban a terminar su novela en una mesa, para aquellos que en un momento de sus vidas fueron clandestinos y agitadores. El café como sucursal del ágora.

En Viena, por ejemplo, quienes querían conocer a Freud, a Karl Kraus, a Robert Musil, sabían en cual café hallarlos. En un café de Génova, Lenin escribió su tratado sobre materialismo y empiriocriticismo y jugó al ajedrez con Trotski. Vaya que la idea de Europa se puede encontrar en los cafés de París o Roma o Madrid. El café tiene un hálito sacro, como de templo, en el que se ofician diversos cultos. En uno estuvo el fenomenólogo; en otro, el cartógrafo de almas.

El café es, como lo  sugiere Claudio Magris, la expresión triunfante de la variedad. Es una especie de academia platónica en la que no se enseña nada “pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto”. Ah, y qué tal la visión de Discépolo: es como una escuela de todas las cosas. El café se inventó, además, para el ejercicio de una manifestación inteligente que ya perdimos: la conversación.

El café (y digamos que la cantina también) se erigió para tejer redes de fraternidad. Pasó en Medellín: el café restaurante Versalles, del argentino Leonardo Nieto, permitía a los estudiantes (felices, indocumentados y sin plata) quedarse todo el día en una mesa (“sobre tus mesas que nunca preguntan”), con un tinto, conversando entonces de la revolución y de cómo la imaginación podía llegar al poder.

El café, una entidad entre lo público y lo privado, fue albergue de la Ilustración: Voltaire, Diderot, Rousseau escribieron en sus mesas y vislumbraron los tortuosos caminos del estallido revolucionario. Baudelaire, Pío Baroja, Montesquieu, Sartre, son seres de café. En el café europeo, muchos circunstantes se graduaban de filósofos o polemistas. En las cantinas y bares de estas geografías desamparadas, que también eran una “mezcla milagrosa de sabiondos y suicidas”, hace tiempos los muchachos se graduaban de hombres.

 

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