Por: Francisco Gutiérrez Sanín

De cara a las presidenciales

Con el lanzamiento de la candidatura presidencial de Humberto de la Calle queda casi completo el elenco de protagonistas de esta elección del 2018, que las fuerzas del progreso social y la democracia en Colombia no se pueden dar el lujo de perder. Sólo falta que la extrema derecha solucione su crónica crisis de sucesión y encuentre a la ficha de confianza de su caudillo.

La propuesta presentada por De la Calle es simple y atractiva. Las ideas: defensa de los acuerdos de paz, del crecimiento económico y de la inclusión social, basada en la argumentación enérgica pero sin odio. Las credenciales: De la Calle ha gestionado con éxito rotundo los dos grandes procesos de cambio social positivo que ha tenido Colombia en las últimas décadas, la Constituyente y el acuerdo con las Farc. Ambas coyunturas fueron delicadísimas. En ambas los pronósticos de los expertos eran pesimistas. Ambas estuvieron rodeadas de Casandras que predijeron que salir de la guerra y la exclusión y hacer los cambios necesarios nos llevaría al fin del mundo. Y el resultado de ambas fue un país mucho mejor, mucho más moderno, en el que cabía mucha más gente.

De lo que deduzco que este tipo absolutamente colombiano sabe lo que es conseguir los objetivos planteados; algo rarísimo en un país en el que toda ineficiencia adquiere con cualquier pretexto carta de ciudadanía. Lo ha mostrado una y otra vez en su ya larga trayectoria. Cierto, esta también es extraña: pues no la ha construido excluyendo, ni insultando, ni amenazando, ni matando. Sólo convenciendo. Claro, y a veces también denunciando: porque estuvo del lado correcto cuando el tema de la lucha contra la corrupción interrogó a todo el personal político de primera línea.

Pero aparte del programa, las credenciales y el personaje, De la Calle ha puesto sobre la mesa también un mecanismo: que las diferentes candidaturas propaz —y hay varias excelentes— avancen por su lado, y confluyan en una consulta en marzo del 2018 que nos permita a todos aquellos que propugnamos por la igualdad de oportunidades, y que no queremos más odios ni ver a más colombianos rotos y destripados, votar por el ganador de entre todos ellos. Este mecanismo clave es la carta de salvación para un país que se encuentra en un momento de decisiones críticas.

¿Salvación? ¿No se trata de un término apocalíptico? Puede ser. Pero no reniego de él. Pese a cierta demagogia (“los mismos con las mismas”, etc.), muy popular y muy insustancial, la mayoría de las elecciones tienen implicaciones. A veces, tales implicaciones son serias. Pero sólo muy, muy rara vez, los pueblos y las naciones se encuentran en el trance de escoger entre algún camino de progreso y otro catastrófico. Esta es la situación en la que estaremos en 2018.

Para estar a la altura de las circunstancias, hay que retornar al discurso de la paz grande: el que conecta con la reconstrucción del país, la inclusión social y el proyecto histórico de formación del Estado en Colombia. Es que las reformas acordadas no se pueden presentar al país como un desagradable sapo que la guerrilla embutió por el esófago de un gobernante bueno pero timorato. Esas reformas —en realidad sólo la cuota inicial de los cambios que necesitamos— están a mi juicio muy lejos de ser “concesiones” a la guerrilla; son el área de intersección entre demandas sociales básicas y los requisitos mínimos de construcción de un Estado moderno.

Esa narrativa grande es la que tenemos que recuperar y repensar los pacifistas colombianos. Volveré al tema en próximas columnas. Es mucho más, en todo caso, que sapos y palomitas: es abrirle una ventana de oportunidad a millones de colombianos. Dependerá de ellos impedir que les vuelvan trizas su futuro.

 

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