Por: Mario Morales

De cárceles y rodillas

NO. YA NO. LE DIJO LA CONTRALORA Sandra Morelli a Yamid Amat que la creencia popular es "que aquí solamente se mete a la cárcel al ladrón de gallinas".

Pero esa instancia, la cárcel, dejó de ser hace rato el “coco” de los corruptos y del crimen organizado. El peso simbólico que tenían las rejas y la privación de la libertad, más tratándose de la defraudación de lo público, ha llegado a tal grado de relatividad que quienes delinquen ya no lo ven como un escenario posible sino necesario.


Para decirlo en términos de Foucault, la cárcel ha cedido la connotación de castigo por el lugar donde se paga una deuda. De la fiesta popular por el castigo ejemplar a quien delinquía con lo público, y que era considerado como traidor, se quiso pasar a la prisión como “escuela” social, pero se perdió en el laberinto de las negociaciones.


Haber estado en la cárcel hoy se asimila con extrema ligereza a haber pagado la deuda social, a volver a arrancar de ceros, sin evaluar la proporción de la pena ni las formas y menos aún el ejemplo que esas jerarquías dan a la sociedad.


De ahí el estupor nacional por la seguidilla de “descubrimientos” de comodidades y gabelas en prisiones civiles y militares, mecanismos para disminución de penas, tácticas dilatorias para lograr vencimientos de términos y estrategias para corromper el ordenamiento jurídico merced a su relatividad, como lo sostiene la contralora.


De modo que pareciera más rentable quedarse a “pagar unos días de cárcel” y salir a disfrutar de lo obtenido ilegalmente (en metálico, en poder, en tierras, etc.), pero además con aura de reconocimiento y poder tras haber derrotado el Estado de derecho. Es lo que la doctora Morelli llama “fuerzas paralelas al Estado con capacidad de arrodillarlo”. Pero son tales la impunidad y el cinismo que esas fuerzas han logrado invertir el cauce moral, hasta el punto de hacer ver a los delincuentes de cuello blanco, tras una pena fugaz, como ciudadanos cumplidores de la ley y en última instancia como sus víctimas.


Decía Albert Camus, apreciada contralora, que “una sociedad se juzga por el estado de sus prisiones”. Y, añado yo, de sus presos, que ya no las respetan ni les temen.

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