Por: Cartas de los lectores

De Carlos Castaño sobre el Tayrona

No tuve ni he tenido ningún tipo de vínculo contractual ni formal con los empresarios Saldarriaga (Grupo Mickmash), ni con los señores Dávila del Grupo Daabon, ni mucho menos con la empresa Six Senses, como para haber sido considerado gestor de un proyecto ecoturístico en el Parque Tayrona.

Mi intervención marginal en este asunto tuvo que ver con una solicitud que me hiciera Felipe Santos para conocer mi opinión sobre un proyecto que se quería adelantar inicialmente en la desembocadura del río Palomino. En ese momento conocí a los hermanos Saldarriaga, de la empresa Mickmash, y su idea de construir en Colombia un proyecto ecoturístico de alto nivel como los que maneja la empresa Six Senses. Sobre el particular, y sólo a título de dar mi opinión, accedí a revisar la idea del proyecto y conocer en detalle las características del predio.

Al constatar la localización propuesta para el proyecto, procedí a contactar a los hermanos Saldarriaga para persuadirlos sobre los inconvenientes, por tratarse de un parque nacional traslapado en este segmento con un resguardo indígena. Sugerí que pensaran en otros sectores y playas por fuera del parque.

Cuando se me volvió a consultar sobre las posibilidades de efectuar una propuesta dentro del Parque Nacional Tayrona, les comenté las dificultades que esa propuesta tendría, no sólo en el marco de la legislación de Parques Nacionales, que bien conocía, sino en el contexto de una discusión histórica del ambientalismo colombiano. Es importante señalar, como bien se los recordé a los gestores del proyecto, que estando en el pasado como titular de la Dirección de Parques Nacionales del Inderena, a finales de los ochenta y comienzos de los noventa, tuve que resolver negativamente un par de solicitudes para desarrollos turísticos en la bahías de Cinto y Neguanje, presentados por propietarios de terrenos en estas ensenadas del Parque Tayrona, con características constructivas que emulaban los Ecohabs que el Inderena había logrado plasmar como alternativa de “arquitectura transparente” a las necesidades recreativas del Tayrona. Basado en este conocimiento y esta experiencia, sugerí que cualquier iniciativa a proponer dentro del Parque Nacional Tayrona debía contener cuatro aspectos fundamentales: a) proponer a la Unidad Administrativa Especial de Parques Nacionales para que esta dependencia del Ministerio de Ambiente —si es que le interesaba el desarrollo de un proyecto con una firma tan prestigiosa como Six Senses— fuera socia directa y beneficiaria del proyecto y no simplemente un tramitador de un permiso; b) que el proyecto se hiciera en predios de la Nación y no en predios privados, y que fuera precisamente el terreno la garantía principal de la Nación para convertirse en socio del proyecto; c) que los beneficios derivados de esta sociedad, amén de garantizar el cumplimiento de los mejores estándares ambientales y sociales, garantizara el establecimiento de un fondo de tierras para lograr resolver una de las problemáticas más sentidas y estructurales del Sistema de Parques Nacionales de Colombia y en particular de su parque insignia, que es el Tayrona, puesto que nunca ha podido contar con los recursos necesarios por parte del Estado colombiano para resolver la enorme contradicción que hoy existe entre las restricciones de uso a la propiedad privada dentro de las aéreas del Sistema de Parques y la situación a la que quedan sujetos los propietarios privados con títulos ciertos una vez se declara un área por razones de conveniencia nacional, y d) igualmente sugerí que no podía dejarse de lado una estrategia muy coherente para garantizar el acceso de los diferentes tipos de usuarios y público.

Sobre esta orientación que sugerí, me ofrecí a acompañar a los hermanos Saldarriaga a realizar una visita de reconocimiento de campo para revisar los terrenos que eran de la Nación dentro del parque y que eventualmente podrían ser considerados como atractivos para el establecimiento de una sociedad, en caso de que Parques considerara viable esta propuesta, teniendo en cuenta, entre otras cosas, la reglamentación para el manejo y la zonificación de uso dentro del parque. En efecto, tuve oportunidad de visitar con uno de los hermanos Saldarriaga la zona de Cañaveral y playas conexas en predios de la Nación, incluida la playa de los Naranjos, que aunque no era de la Nación yo consideraba que podía ser una alternativa interesante de adquisición por parte de los empresarios para que fuera donada a la Unidad de Parques y que se estableciera como parte de las negociaciones de la sociedad con la Nación. Hasta ahí llegaron mis recomendaciones y observaciones personales a los empresarios de Mickmash, mucho antes de haber sido nombrado viceministro de Ambiente y, reitero, a título personal.

A partir de ese momento los empresarios del proyecto me han contactado de manera informal para comentarme sobre los avances del mismo. Es así como me enteré de que estaban en conversaciones con empresarios samarios y propietarios de predios del Tayrona para buscar alianzas, por lo que entendí que mis sugerencias iniciales no habían sido consideradas y que estaban buscando alternativas diferentes. Igualmente supe que iban a buscar, con sus nuevos socios, una reunión con algunos funcionarios del Gobierno para ir formalizando la idea del proyecto en ese nuevo contexto, y en un par de oportunidades posteriores más supe que querían formalizar unos estudios de evaluación ambiental para presentar a las autoridades.

Durante mi paso por el Viceministerio de Ambiente no tuve ninguna injerencia en temas relacionados con este proyecto ni conocí de actuaciones formales del proyecto ante las autoridades del Estado.

Carlos Castaño Uribe. Bogotá.

N. de la R.: Lamentamos que el doctor Castaño no hubiera querido explicar su participación de manera tan cuidadosa cuando fue contactado por este diario y antes bien hubiera optado por colgar el teléfono y abortar la comunicación.

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