Por: Augusto Trujillo Muñoz

De Chávez a Maduro

No creo equivocarme al afirmar que Chávez fue un producto de su época. Claro, y de su país. Cuando fundó, a finales del siglo XX, el Movimiento V República, Venezuela estaba inmersa en problemas políticos que pasaban por la irresponsabilidad y la corrupción de su dirigencia. Por eso habló de la Revolución bolivariana y, en medio de críticas válidas a la politiquería tradicional, triunfó sobre los partidos históricos.

Chávez logró sintonizarse con la mayoría de los venezolanos. Era auténticamente caribe y, por lo mismo, extrovertido y comunicativo. El caribe habla en voz alta y en primera persona, tutea como signo de aproximación igualitaria y es solidario con los suyos. En el caribe hay una pluralidad social que, sin embargo, tiende a identificarse en una forma común de temperamento.

Me parece que Chávez tenía sentido del humor. Sabía reír para agradar al interlocutor o al adversario, e incluso para enojarlo cuando barnizaba ese humor con gotas de cinismo. Carecía de formación para ser estadista, pero tenía una inteligencia descomunal. Por su formación militar privilegió la autoridad sobre el diálogo y por su talante personal, la eficiencia sobre el control. Nadie puede gobernar así sin convertirse en autócrata.

A finales del siglo pasado García Márquez escribió la crónica titulada El enigma de los dos Chávez. En ella cuenta que pasó varias horas, a bordo de un avión, con el presidente venezolano y, en la medida en que avanzaba el diálogo, fue descubriendo una personalidad que no correspondía a la imagen de déspota que registraban los medios. Pensó entonces en que no había uno sino dos Chávez y se preguntó: ¿cuál de los dos es el real? No me resisto a trascribir la parte final del texto de Gabo:

“El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: ‘Nos vemos aquí el 2 de febrero’. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.

Maduro, en cambio, es un hombre plano, dogmático, cuadriculado. Se encierra cada día más en la vociferación y en el autoritarismo. Sus comparecencias públicas parecen, más bien, un espectáculo circense. No tiene flexibilidad política alguna y, sin ella, la política entendida como el arte de gobernar es imposible. Probablemente Chávez no era menos autoritario, pero sabía usar el maquillaje democrático sin necesidad de maquillar los resultados electorales.

Maduro es prisionero de una suerte de proclama jurásica colapsada en el siglo anterior. Su equipo político parece un bloque de hormigón, fundido en un trasnochado fundamentalismo, que todavía ve fusiles libertarios en el horizonte. Es un hombre amenazante, parlanchín, impresentable. A diferencia de Chávez, no hay sino un solo Maduro: El que va a pasar a la historia como un inepto.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

Buscar columnista

Últimas Columnas de Augusto Trujillo Muñoz

La música, la educación, la tierra...

Los Pactos de la Moncloa

Una nueva conversación

El día de la venganza

El nacionalpopulismo