Por: María Antonieta Solórzano

¿De dónde proviene la grandeza?

Todos podemos entender el significado de la frase bíblica: "Por sus actos los conoceréis".

Aunque lo que somos, para bien o para mal, se evidencia en nuestros comportamientos, éstos provienen de las creencias y los valores con los que nos identificamos. Así que la distancia que existe entre un impulso y un acto es un camino habitado por los valores.

Por ejemplo, quien cree en el perdón y en el amor intentará que su dolor o su sufrimiento lo lleven lejos de las acciones de venganza. Una joven que había sufrido una violación en una condición de secuestro, mientras su madre amenazada de muerte era obligada a observar, decía: “Todo esto quiero dejarlo en el pasado, mi madre y yo nos merecemos un futuro en el que nada nos recuerde este hecho. Lo común sería querer la venganza, pero lo que tiene sentido es recuperar nuestra vida”.

En la otra cara de la moneda están aquellos, como los secuestradores, para quienes tener el poder de subyugar a otros es su motivación y actúan quizá bajo el lema de: “Yo valgo porque soy el que manda, se hace mi voluntad y nadie se opone”. Sus vidas comienzan siendo los matones del colegio o perteneciendo al grupo de secuaces y avanzan con determinación hacia alguna forma de dictadura pública o privada.

Para quienes participan de estas creencias, en su versión más civilizada, un desacuerdo es una ofensa que autoriza una acción de sometimiento como el castigo en el aula de clase. O en la versión más aterradora, autoriza los genocidios y las matanzas en las que se despliegan niveles de crueldad inenarrables.

La elección que cada uno de nosotros hace frente al manejo de la adversidad marca una diferencia en la calidad de vida presente y futura. Si decidimos creer que la vida es una lucha por la supervivencia del más fuerte, veremos, mientras el planeta aguante, una historia en la que la devastación, la injusticia social, la crueldad y la muerte estarán a la orden del día.

Si en cambio optamos por considerar que la vida es una co-creación en la que la vida del planeta y la de cada ser humano es sagrada, podremos saber que la conservación del medio ambiente, la equidad social y la benignidad estarán en la cotidianidad.

Sin embargo, para hacer de estos valores una realidad tendremos que usar nuestro coraje y grandeza para olvidar aquello que calificamos como ofensa; toda la fortaleza y la capacidad de trabajo para reconstruir lo que hasta ahora ha sido devastado; toda la confianza, la creatividad y la serenidad para sembrar una forma de vida cuyos frutos recogerán las generaciones siguientes y a nosotros nos permitirá ser conocidos por la vocación de servicio a los otros, lo cual, por supuesto, tiene sentido.

 

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