¿De dónde viene tanta bulla?

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Estos son los primeros actos de la tragedia que explica el descontento nacional: plebiscito del No, delgadamente ganado por gente espoleada a votar berraca; firma de la paz, desconocida por los azuzadores del No; elecciones presidenciales, dominadas por estos mismos a causa del pavor a que se trepara el líder del extremo contrario.

Estos son los siguientes actos del mismo drama: 11,7 millones de votos en la consulta anticorrupción, no atendida y archivada por los círculos del poder; elección de alcaldes y gobernadores, en que los jefes de los dos polos antagónicos resultaron borrados; paro nacional, marchas y cacerolazos, abarrotados por los jóvenes sin Petro y contra Uribe.

¿Será necesario hacer explícitos los nexos entre estos dos bloques discordantes de hechos, ocurridos en los febriles tres años y dos meses recientes? Veamos. Las tres escenas del primer acto están montadas sobre el tablado de la perfidia. Las tres del segundo acto corresponden a la reacción de la dignidad.

Tres de un lado y tres del otro, como si la historia obedeciera por primera vez al tictac de la aritmética. Este parecería un análisis mecánico, como los que hacían los decimonónicos teóricos del materialismo dialéctico que pretendieron darle rigidez de ciencia a los extravíos de los hombres. Pero, qué le vamos a hacer, en la loca Colombia pasan cosas cuerdas. Locura y cordura, como en las tragedias y comedias.

La zancadilla al plebiscito, las trizas a la paz y la corona para un subpresidente maromero, son operaciones que se burlaron de la nobleza e inteligencia de una nación aporreada desde siempre. Son la reedición de trucos que resultaban exitosos en una sociedad adormecida y sin educación. ¿Tal vez son la última reedición?

De otro lado, nunca se recuerdan tantos millones de sufragios dispensados a una elección, como los hubo contra la corrupción. Su posterior ninguneo quedó para siempre agravado por el desdén a este alud de votantes.

En las últimas elecciones regionales participó el 60% de los potenciales votantes. Este indicador no se vio en muchos años, en este país tradicionalmente apático y descreído de los políticos. La gente joven se levantó de la cama en domingo y sentó un campanazo elocuente. Las cabezas de la polarización tuvieron que inclinar sus soberbias.

El 21N tuvo lugar “la más nutrida manifestación de que se tenga historia”, en palabras del astuto dirigente Germán Vargas Lleras. La prolongada semana, que todavía se niega a terminar, constituye el despliegue colérico y festivo de una muchachada que ya es adulta, educada y transformada por los siglos del engaño, la miseria y el no futuro.

Es claro que, en un lapso comprimido, las tres escenas del oprobio desencadenaron las tres de las cacerolas liberadas. La arrogancia de los tres recientes años abrió la válvula de la olla pitadora donde se cocinaba el sancocho de las injusticias. Hoy el país desconoce lo que seguirá, los partidos se quebraron, los policías asesinaron, las instituciones son un teatro de títeres. Pero arremetió un tsunami balsámico.

arturoguerreror@gmail.com

 

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