De fosas y cementerios

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La honra a los muertos ha adquirido distintas formas en las múltiples tradiciones de oriente y occidente. En Asia o en África muchos pueblos aún le rinden culto a los ancestros, glorificándolos como la sabiduría que guía sus vidas. En la cultura mexicana, el día de los muertos es un día de festejos y recordación, en el que supuestamente se abre un portal que le permite a los mexicanos tener contacto directo con sus antepasados. En la India, en la ciudad de Varanasi, los muertos son quemados a orillas del Ganges y sus cenizas emprenden un viaje por la corriente del río, que con su sagrada navegación, las llevará directamente a la próxima reencarnación designada por su Karma.

En la tradición católica y judeocristiana la muerte está encubierta de fatalidad: el no-retorno es inminente, pero el paso hacia la “otra vida” está lleno de solemnidad. De hecho, en nuestra cultura occidental el sepulcro está relacionado con el paso a “la vida eterna”. Creamos o no creamos en esto, la tumba es un lugar de memoria y de recordación. Los pequeños monumentos e inscripciones que ponen sobre las ellas son testimonio de nuestra vida y llenan nuestro paso por la tierra de sentido y dignidad. Basta pensar en el Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, en el Cementerio Central de Génova, o para no ir tan lejos, en nuestro Cementerio Central. El arte fúnebre que encubre mausoleos y tumbas no solo trata de representar la presencia de lo sagrado en estos lugares, sino que también trata de honrar la vida de quienes están allí enterrados encarnando en la piedra incorruptible su legado eterno.

Contrariamente al cementerio, la fosa común no honra de ninguna manera la vida humana. Los campos de concentración o de trabajo forzado suelen enterrar a sus víctimas en fosas comunes, no solo porque frente a los dirigentes de estas entidades la vida de las víctimas no vale nada, sino también porque la fosa común es la mejor manera de ocultar la culpa y la vergüenza que conlleva la muerte de un inocente. En otras palabras, enterrar a un muerto en una fosa común implica humillar su vida y su existencia de la forma más atroz y, por otro lado, implica tratar de quitarse las manchas de sangre de las manos para mantener una imagen impecable ante la sociedad.

El reciente descubrimiento que hizo la JEP sobre las fosas comunes de los falsos positivos habla mucho de la triste naturaleza de estas muertes. Muchas víctimas fueron personas con problemas cognitivos, discapacidades físicas u otros impedimentos; otras no tenían ninguna discapacidad más que su imposibilidad de defenderse o el miedo que los paralizaba. Estos asesinatos, además de que no se dieron en condiciones de igualdad (porque atentaron contra la vida de personas incapaces de protegerse), mancharon para siempre la memoria de los fallecidos. Las fosas comunes son sinónimo de desprecio, cobardía y maldad y son la forma más sucia de denigrar la memoria de las víctimas. Ojalá el silencio del Centro Democrático sea sinónimo de vergüenza y no esté amparando la próxima estrategia de engaño y tergiversación.

@valentinacocci4, valentinacoccia.elespectador@gmail.com

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