Por: Alberto Carrasquilla

Lo de Grecia

Grecia, nuevamente, sube a los primeros lugares en la liga de los países mas mentados. Esta vez, por una combinación de factores que incluyen, primero, la inminencia de una fecha límite; segundo, el espectáculo de toma y dame entre el discurso progresista y cheverón del nuevo gobierno y la pesada ortodoxia de siempre y, tercero, las preguntas que se abren para la economía internacional, llegado el caso que el país salga del esquema monetario vigente y vuelva a emitir su propia moneda.

La fecha mas importante es el próximo 28 de Febrero, día en que se acaba el plazo para que las autoridades y los miembros de la troika (FMI, BCE y UE) acuerden un programa que cierre los compromisos vinculados al rescate de 2012, el segundo que recibió el país, se logre desembolsar recursos por €1,800 millones y se discuta el tipo de respaldo que estaría sobre la mesa tras dicho cierre. En el entretanto, cada día trae su fatiga, su titular y su efecto en la crispación financiera.

El entorno en que se vivirán estas próximas semanas no podía ser, pues, más tenso. Y dentro de ese entorno complicado y espeso, se baraja un debate político en el cual lo único completamente claro es que la Grecia de 2015 no se parece en nada a la de 2010. En aquel entonces, el mismo Gobierno fue el que hizo públicas las verdaderas cifras fiscales, que habían sido fuertemente maquilladas previamente, propuso un plan ambicioso de ajuste y solicitó un primer programa con la troika. En esta ocasión el escenario es bien diferente: el gobierno, elegido hace apenas un par de semanas, recibió un mandato cuyo punto de fondo es bajarse del bus del ajuste fiscal, en el mejor de los casos y mandar a la troika a cocer habas, en la versión mas extrema.

La realidad económica y social del país no podría ser más lúgubre. La deuda pública supera 175% del PIB y el desempleo llegó a 25,8% en Diciembre de 2014. Desde 2010 el país ha atravesado por mas de 7 huelgas generales, votos de confianza, cambios de mando a todos los niveles y una polarización que aterra. Lo cierto es que se está cruzando el ancho río al que llevó tanto el despilfarro generalizado que se vivió desde la adopción del Euro y el acceso a recursos baratos que ello implicó, como la somnolencia en materia de implementar las reformas que el nuevo entorno exigía. Mientras la remuneración del trabajo se trepa 10% entre 2000 y 2008, la productividad laboral sube menos de 2%, lo cual implicó el bajonazo de la competitividad mas grande de Europa. Y digo que se está cruzando, debido a que ya en 2014 la economía y las finanzas empiezan a mostrar asomos de vida, como lo muestra un trabajo del FMI.

Nadie sabe que pasará el 28 de Febrero, pero lo cierto es que el escenario más probable, dadas las cartas que están hoy sobre la mesa, es pesimista y supone una salida de Grecia del Euro, lo cual implicaría, de un lado, un default de hecho (cosa nada rara en ese país) y, de otro, un cierre de todo acceso a liquidez fresca. Yo creo que eso es negativo por una sencilla razón; el costo anual- de servir la deuda, con todo lo inmensa que ella es como stock, está estimada en 1,5% del PIB, lo cual implica que es muy barata y no es, ni de lejos, el principal problema fiscal. Por otro lado, el cierre del acceso a recursos líquidos implica la necesidad de un ajuste macroeconómico enorme y muy rápido, muy probablemente en cabeza del sector privado. Para empezar, el sistema financiero probablemente no sobrevive.

En el caso del Grexit, como se le llama a este escenario, también sale perdiendo Europa en su conjunto, pues se debilita la noción misma de una unión importante globalmente y de una moneda de reserva valorada en todas partes y se acepta, tácitamente, la noción de que el problema no es el despilfarro al debe ni la somnolencia reformista, sino que el problema es la ortodoxia a cuyo amparo, al fin, se estaba empezando a sobreaguar.

El escenario optimista, de otra parte, es un gana gana en el cual se acepta seguir el proceso de ajuste e iniciar las reformas estructurales y se reestructura la deuda, bajando su valor presente a niveles razonables, como lo han propuesto muchos economistas. Por ejemplo, aceptando la interesante idea de indexar parte del servicio de la deuda al crecimiento del PIB.

 

 

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