Por: Eduardo Barajas Sandoval

De la guerra al olvido

Hace un siglo los Terzi? abandonaron el campo y se fueron a Sarajevo para convertirse en comerciantes, educar a sus hijos y dejar atrás la labranza a la que los había forzado el orden otomano. El 28 de junio, para estrenar su condición de citadino, el menor de la casa, Vlatko, se coló por entre las piernas de los mayores y quedó en la primera fila de quienes presenciaban un desfile. Entonces pudo ver con ojos horrorizados cuando el delirante Gavrilo Princip disparó sobre una pareja que iba con aire triunfal en un carro descubierto. Tan pronto saltó la sangre corrió a difundir la noticia, sin saber que había presenciado la chispa que desató la Primera Guerra Mundial.

Austria imperial había osado desfilar con ostentación, justo ese día de junio, en el corazón de la tierra de los eslavos del sur. Francisco Fernando había sido enviado a mostrar el poder de su casa real no solo hacia los atónitos habitantes de la región sino ante las otras potencias de la época, en medio de ese juego desigual, abusivo y fatal de la balcanización. Y quería que las multitudes salieran a aclamarlo. Pero no conocía los alcances de la memoria de los serbios, que quinientos veinticinco años atrás, también un 28 de junio, habían debutado con fiereza como nación en la batalla de Kosovo.

Esa noche hubo reunión de familia en la nueva casa de los bosnios recién llegados. No solo la guerra era inminente y amenazaba con llevarse todo por delante, sino que en medio del torbellino que se avecinaba eran escasas las opciones de salvación de lo que quedaba de tierras, amistades, tradiciones y familia. Para los hombres sería un milagro salir vivos de una prueba sangrienta que se avecinaba. Para las mujeres se anunciaban la soledad, el abandono y la tristeza. Porque la venganza por la muerte del Archiduque vendría de inmediato. El mundo en el que vivían estaba a punto de desaparecer.

Tenían razón. La guerra les suprimió sus sueños y borró a su país del mapa, como terminó borrando también a tantos otros, inclusive al de los invasores. Todos los ejércitos pasaron por allí, los que bajaban y los que subían, cargados de un odio que salpicaba muerte y con un dejo de venganza hacia los aldeanos y campesinos abandonados de pueblos que nada tenían que ver con los rencores de otros y tuvieron que pagar un precio inmerecido por lo que nunca hicieron o dejaron de hacer, aunque no querían ser enemigos de nadie. Pero no fueron los únicos. A otros les tocó peor en otras partes del continente, en las trincheras, con las ratas y las pestes, además de los gases y la artillería, y la suma de toda la maldad del género humano, que incluye la ineptitud y la indolencia de los gobernantes, presente entonces de una u otra manera en el escenario remilgado de la propia Europa, que no obstante las atrocidades de las que fue capaz se consideraba superior y quería seguir siendo ejemplo para el mundo.

La feria de la prepotencia humana, que acompaña y anima las guerras e impide detener su marcha destructiva, hizo que durante más de cuatro años subsistieran los argumentos más peregrinos para que toda destrucción fuese posible. La tecnología al servicio de la muerte encontró oportunidades de desarrollo nunca vistas. Millones de personas perdieron su vida sin saber en qué terminaría la catástrofe que se los había devorado. Para todos ellos, y para sus familias, la paz llegó cuando era tarde. Tampoco trajo el arreglo de problemas que aún ahora están en vigencia, como sucede otra vez en las fronteras orientales de Europa. Como no trajo un arreglo estable en el corazón mismo del continente. Prueba de ello, y de la precariedad de los resultados de la contienda, fue nada menos que la ocurrencia de una segunda guerra poco tiempo más tarde.

Con seguridad a los alemanes, franceses y británicos que bajo el espíritu de convivencia de la Unión Europea tomaron en Vado Ligure el barco junto a cientos de italianos para ir a Cerdeña en la tarde lluviosa del 28 de junio de 2014, un siglo después del incidente de Sarajevo, no les pasó por la memoria ni un momento toda esa crueldad y ese odio de otra época. Porque ya se murieron los abuelos que recordaban detalles de sus horrores, y solo los historiadores mantienen el esfuerzo de sacar las lecciones de ese evento desastroso que descompuso el mundo, aunque muchos hayan quedado convencidos de que lo arreglaron.

Lo cierto es que, vista desde la distancia, con los ojos de los pocos ciudadanos que se han ocupado de recordarla, la Primera Guerra Mundial solo fue una tragedia que golpeó a millones de familias mientras dejó arriba o abajo a políticos y promotores de la violencia que ya en su mayoría se debieron ir al infierno. Como sucede y seguirá sucediendo con todas las guerras. Incluyendo la pequeña, arcaica y larguísima guerra fratricida que a fuego lento destroza a Colombia, aunque nos hayamos acostumbrado, qué desgracia, a vivir con ella.

 

 

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