Por: Adolfo León Atehortúa Cruz

De Harding a Trump, un siglo después

En 1920, tras terminar la Primera Guerra Mundial, los gobernantes aliados de los países europeos esperaban confiados la continuidad de las políticas moderadas impulsadas por el demócrata Woodrow Wilson en el gobierno de los Estados Unidos. No fue así. El legado de Theodore Roosevelt, que las potencias occidentales consideraban progresista, se derrumbó ante la realidad interna de los entonces 48 estados marcados por estrellas con fondo azul en la bandera de barras rojas y blancas.

Frente a las grandes huelgas, los disturbios raciales y algunos ataques terroristas con explosivos en Wall Street, se levantó una clase media que, lejana a los tratados internacionales de paz y comprometida con sus propios miedos, nominó a Warren G. Harding como candidato del Partido Republicano a pesar de su enorme fama de mujeriego, sus cuestionadas actitudes morales y su afición al póquer y al licor clandestino. Aunque la prensa dio escasas probabilidades a Harding por sus bajos resultados en las primarias, no fue suficiente que el New York Times lo tildara como el candidato menos preparado en la historia americana, mediocre y carente de ideas originales, o que Henry Louis Mencken, considerado uno de los escritores más influyentes de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, lo llamara “el mayor tonto de la historia de América”: la candidatura de Harding arrastró predilecciones como si se tratara de una bola de nieve en avalancha.  

La campaña de Harding, que tuvo como vicepresidente a Calvin Coolidge, mostró su impulso inicial con la publicidad que el propio candidato alentaba en su condición de editor periodístico. Poco después consolidó su eslogan político: “Retorno a la normalidad”, y reivindicó la libertad empresarial —en suelo estadounidense—, con aranceles elevados para protegerse de la competencia exterior y promover el empleo al interior. Estados Unidos, dijo, necesitaba volver a su pasado de grandeza y consolidarse como el más grande y temido país del mundo: solo así era posible pensar en la paz. Jóvenes publicistas, utilizando miles de llamadas telefónicas, colmaron de prejuicio a los votantes contra los peligros que ofrecían la Revolución bolchevique y la “invasión” de migrantes procedentes de “pueblos inferiores”.

En contra de la naciente Sociedad de Naciones y sus aspiraciones de paz mundial, Harding levantó la consigna “Estados Unidos primero”. En consonancia, propuso la reducción de impuestos para los grandes capitales nacionales y agitó una política extrema de cierre de fronteras contra la inmigración. En su elección, por cierto, votaron por primera vez las mujeres y por primera vez se trasmitieron por radio los resultados de cada estado. El candidato socialista, Eugene V. Debs, adelantó su campaña desde la cárcel, confinado por negarse a ir a la guerra; obtuvo el 6 % de los sufragios. El demócrata James M. Cox, acompañado en su fórmula presidencial por Franklin D. Roosevelt, no pudo cambiar la historia de la Casa Blanca con sus calmados discursos.

Vigésimo noveno presidente de los Estados Unidos y sexto en morir en el ejercicio de su cargo, Harding fue sucedido en sus políticas por el vicepresidente Calvin Coolidge, un hombre callado, que dormía 14 horas al día y apenas se enteraba de lo que sucedía en el mundo. Las decisiones, por supuesto, corrieron por cuenta del grupo de asesores que el mismo Harding había instalado.

En medio de sonados casos de corrupción, los gobiernos de Harding y Coolidge mantuvieron su aliento propiciando un giro al conservadurismo. El sexo extramarital, por ejemplo, fue considerado un crimen; asunto hipócrita porque, años después, una amante de Harding reveló sus intimidades con retablos pornográficos y presentó a su hija, mientras otro libro acusó a su esposa Florence de haberlo envenenado. No obstante, ambos gobernantes prohibieron también los trajes de baño “indecentes”, censuraron el cine y la literatura, convirtieron en delito la enseñanza de la teoría de la evolución de las especies para defender el creacionismo y alimentaron el miedo frente al mundo exterior, los rojos socialistas y los extranjeros. En este período se redujeron las cuotas de inmigrantes del sur de Europa y de católicos, mientras en la frontera con México se ordenó desinfectar a las personas y sus trajes con Zyklon B, un compuesto cianurado que después adoptaron los nazis en Auschwitz luego de probar su “eficacia” contra 250 niños gitanos de Brno en el campo de concentración de Buchenwald.      

Ocupado con la idea de cerrar definitivamente la frontera con México y perseguir a socialistas como ocurrió con el injusto caso judicial contra Sacco y Vanzetti, Coolidge no advirtió siquiera el evento que la historia pasó a denominar “la gran inundación del río Mississippi”. Sin ayuda alguna del Estado Federal, miles de habitantes en la región perdieron sus tierras y pertenencias y otros tantos, fundamentalmente negros, aguantaron hambre como si fueran hoy los latinos de Puerto Rico. Para Coolidge, poner el Estado al servicio de los damnificados era “peligroso”.   

Impulsado por decisiones como esta, el racismo tomó fuerza en vastas zonas rurales; renació el Ku Klux Klan y ocurrieron grandes revueltas que enfrentaron abiertamente a negros y blancos. Con esta misma lógica, el estado de Virginia, en donde se ubica la pequeña ciudad de Charlottesville, foco de tensión reciente tras violentos enfrentamientos entre supremacistas blancos y defensores de derechos humanos, aprobó una ley que ordenó esterilizar a “débiles mentales”, y que terminó extendida a madres solteras, prostitutas y delincuentes o negras tratadas como “imbéciles”. Se calculan más de 7.000 cirugías para cerrar trompas de Falopio.

Para un lector desprevenido, bien informado, las coincidencias después de un siglo saltan a la vista. “La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”.

Posdata: Harding y Coolidge pagaron a Colombia 25 millones de dólares por lo ocurrido con Panamá. La primera cuota sirvió para crear el Banco de la República e iniciar lo que Alfonso López Pumarejo llamó “la danza de los millones” o “prosperidad al debe”. La inflación se disparó y la deuda externa en solo dos años, de 1926 a 1928, pasó de 63 millones de dólares a 203. Al lado de la explotación petrolera estadounidense, creció en Colombia la United Fruit Company, en cuya defensa se ordenó la masacre de las bananeras. Todo lo dicho en esta columna no es un mito. Es una realidad. Algunos de los temas citados han sido tratados en producciones académicas como las de Josep Fontana, entre varios autores.

* Rector, Universidad Pedagógica Nacional.

Buscar columnista