Por: Gustavo Páez Escobar

De hostilidad en hostilidad

A tal extremo ha llegado el ánimo ofensivo del presidente ecuatoriano Rafael Correa contra Colombia, que su furia se le volvió una obsesión patológica de difícil sanación. Ya no sabe qué hacer para vengarse de nuestro país por los efectos de la Operación ‘Fénix’, la cual desenmascaró su apoyo flagrante a la guerrilla de las Farc.

Correa aprovecha cuanto motivo le sea propicio (o cree que le es propicio) para vociferar contra Colombia. Pero sus alaridos no producen otro efecto que el de retratarlo como un gobernante desmesurado que, perseguido  por sus propios problemas domésticos y carente de razones para sostener su falacia anticolombiana, escupe a los cuatro vientos su saña rabiosa. De tumbo en tumbo, como lo hemos visto actuar en los últimos meses, su figura se debilita a nivel internacional y local por culpa de sus propios yerros.

No le bastó que los computadores de ‘Raúl Reyes’ revelaran su cercanía y apoyo al grupo guerrillero. Para distraer a la opinión pública, táctica en la cual el presidente Correa se muestra como un consumado malabarista, se valió de un juez de Sucumbíos que dictó orden de prisión (como si se tratara de un residente en dicho país) contra el ex ministro Juan Manuel Santos como  responsable de la incursión militar, el primero de marzo de 2008, en el campamento de las Farc montado en territorio ecuatoriano. La solicitud elevada en tal sentido ante la Interpol fue denegada por dicho organismo por el claro espíritu político que contiene.

Vino luego el video del ‘Mono Jojoy’ que devela el apoyo económico prestado por las Farc para la campaña presidencial de Correa. Video que, a pesar de su contundente evidencia, el pugnaz mandatario pretende desvirtuar con el manido argumento de que se trata de un montaje. Y busca que el pueblo le crea. Pero la opinión pública sabe distinguir lo que es cierto de lo que es engañoso. En esto no puede existir duda.

Este pueblo hermano de Ecuador, con el cual nos unen tantas cosas buenas,  tantos ideales e intereses mutuos, mira estupefacto, al igual que nosotros, esta etapa distorsionada de la historia contemporánea, que se ha salido de madre a merced de la intolerancia y la insensatez de ciertos gobernantes. No se está luchando por causas justas, sino que se obra con la sinrazón dictada por el egocentrismo y el odio visceral.

En los ojos de la historia ha quedado nítida la mirada rencorosa del presidente Correa frente al gesto gallardo del presidente Uribe, en célebre reunión internacional. Los tiempos futuros se encargarán de dilucidar esta actitud agresiva, que lejos de aminorar, su protagonista ha acrecentado al máximo, incluso con el castigo humillante para las exportaciones colombianas a su país.

Y como si fuera poco, nuestro fortuito enemigo se viene lanza en ristre contra el acuerdo de cooperación militar, en trámite de suscribirse con Estados Unidos, mediante el cual se favorecerá la política de control del narcotráfico y el terrorismo. Nada nuevo ha sucedido, ni va a suceder, diferente a mantener puntos estratégicos para contrarrestar, con la asesoría norteamericana, tales flagelos sociales. Cerrada la base de Manta en Ecuador, se opera su traslado a Colombia, sin que ello implique una amenaza para los países vecinos.

Lo que pasa es que tenemos países recelosos, siempre en plan de buscar problemas donde no los hay, como Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua. Sus voces se orquestan en contra de Colombia cuando en sus alianzas antiimperialistas confunden los actos de la libre autodeterminación de los gobiernos con políticas desafiantes para la región, que en este caso no existen.   

Y nos amenazan con las armas y la guerra, como si se tratara de un juego infantil. Esta atmósfera movida por el resentimiento y la hostilidad es el peor detonante contra la paz de las naciones. Se espera, por supuesto, que los ánimos exaltados bajen de tono; que haya sentido de convivencia; que se fortalezcan los vínculos diplomáticos y que lleguemos a conquistar los lazos de unión forjados por el Libertador.

La figura histórica de Bolívar, que tanto apasiona a Chávez, ojalá pase de lo teórico a lo real, como emblema y motor para la paz y el progreso regionales.

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