De huracanes, recuerdos y olvidos…

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Escribo y borro varias veces el primer párrafo de esta columna. Palabras esquivas que no quieren hablar de más tragedias. Y una tragedia es el paso de un huracán de categoría cinco cuando golpea nuestro pedazo más distante. Lejanía en Colombia suele ser en parte abandono, aunque en las emergencias siempre llegan las ayudas antes de que vuelva el olvido. Pienso en mi enamoramiento de Providencia hace más de 30 años, cuando pasé por allí unas horas porque el trabajo me llevó: había una historia para contar de afán. La de hoy también va de afán porque en unos días ya no hablaremos de Providencia, ni de San Andrés, ni del Chocó ni de Dabeiba. Mientras las lluvias y los vientos no dejan de golpear, nos volcamos a ellos y se harán promesas que luego se cumplirán poco y lentamente o no se cumplirán nada.

También hubo promesas después del 19 de noviembre del 2012 cuando en la Corte Internacional de La Haya se perdió un pedazo de nuestro mar de siete colores. Grandes debates y análisis sobre lo que hicieron y no hicieron sucesivos gobiernos. Mientras tanto, los pescadores atentos a ver si podían echar sus redes donde siempre, con el corazón apretado por el temor al futuro. Hoy, con la incertidumbre acechando otra vez, la gente recuerda que mucho de lo prometido entonces en promesa quedó.

Providencia es un lugar demasiado hermoso para ser real. Un pedazo de sueño al que nunca volví y que ahora imagino adolorido, devastado. Es peor imaginar las tragedias que saberlas. Veo las primeras imágenes que llegan desde el aire y no se alcanza a ver lo que pasó. El mar se ve bello, se ve en calma. La procesión va por dentro. Sigo escribiendo y borrando. Esta mañana Luis Eduardo Acosta, corresponsal de RCN Radio en San Andrés, dijo, como si nada, que su casa quedó destechada por el huracán. Y ahí estaba él trabajando, en vez de estar buscando las tejas nuevas. Estuvo desde la madrugada recorriendo la isla para buscar los testimonios de los otros, los que estaban peor o igual. Los que perdieron el techo y el colchón y con eso perdieron todo. Pienso en lo que significa literalmente perder el techo porque un huracán se lo llevó a su paso como quien quita la cáscara de un huevo. No logro procesarlo de lo duro que debe ser. Tal vez hay que vivirlo para entender y por eso en Bogotá entendemos poco.

Muchos no sabemos lo que es tener el agua o el lodo en las rodillas en esos municipios del Chocó de nombres bellos y que conocemos poco: Tadó, Istmina, Bagadó, Condoto, Nóvita, San Juan. El agua que es generosa con esta región llegó sin compasión y le sumó más miseria a la pobreza. Escribo sobre el día que conocí el río Atrato y el impacto que me produjo esa tierra hermosa en donde me cociné lentamente mientras mi maquillaje de presentadora de televisión se me derretía de a pocos. Escribo y borro porque eso no importa. Lo vuelvo a escribir porque eso relata nuestras eternas distancias con esa otra Colombia. Me pregunto cuál habrá sido la suerte de dos niñas que iban con uniforme de colegio con quienes compartimos una oblea en una calle de Quibdó. Ellas sonrieron con sus dientes blanquísimos y eso iluminó el día y me alcanza esa sonrisa un par de décadas después para iluminar esta tarde oscura con amenaza de lluvia en Bogotá.

Escribo sobre Dabeiba, un pueblo que conocí en una Navidad accidentada cuando tenía 15 años. Escribo y borro. Luego lloro. Una lágrima nada más por mi incapacidad de escritora y muchas más por estas tragedias que vamos a olvidar. No me logro perdonar por eso. Ruego que no olvidemos a Brayan Garcés, de 14 años, sepultado por un deslizamiento en Carmen de Atrato. Que no olvidemos a Cataleya, una bebé de 19 meses que está en la lista de los muertos en Dabeiba. Intento así retenerlos cuando el viento y el agua los arrastran al olvido. Y lo peor: olvidaremos otra vez a tantos municipios condenados eternamente a la lejanía y el abandono.

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