"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 5 horas
Por: Catalina Uribe

De jueces y trogloditas

En Las cartas persas Montesquieu narra la historia de los trogloditas, un pueblo conformado por personas crueles, más bien bestias, que se regían sólo por su egoísmo como principio de su libertad, despreciando cualquier rastro de virtud. Su idiosincrasia consistía en procurar la felicidad y necesidades particulares sin importar que los otros trogloditas fueran miserables.

Así, por ejemplo, en un momento cada quien optó por cosechar únicamente lo que bastaba para alimentarse a sí mismo. Como las tierras no eran homogéneas hubo tiempos en los que ciertos lugares no produjeron fruto. La gente que habitaba las zonas de sequía murió de hambre por la crueldad de quienes no quisieron compartir parte de su cosecha.

En otra ocasión, un comerciante de lana vio que un hombre desnudo se le aproximaba. Al ver su vulnerabilidad decidió cobrarle cuatro veces más del precio real. Lo mismo ocurrió con un vendedor de trigo que al ver el hambre con la que llegó su comprador triplicó su precio. Lo curioso es que este comprador hambriento era el usurero de lana.

Tal era su egoísmo que hasta despreciaban la justicia en su integridad. Un día un troglodita decidió secuestrar a la mujer de su vecino. Después de forcejeos y golpes decidieron ir a donde un hombre con fama de ser justo para que resolviera la disputa. Cuál sería la sorpresa cuando el supuesto juez les respondió: “Qué me importa la situación de esa mujer. Yo no quiero ni tengo tiempo de ocuparme de sus negocios dejando de lado los míos”.

La rama judicial colombiana está pasando por uno de sus peores momentos. El país no ha salido de la indignación al enterarse de que tres expresidentes de la Corte Suprema se beneficiaron por cuenta de fallos favorables. La fábula de los trogloditas y su desdén por la justicia nos sirve para vernos por lo que somos.

La primera parte de la historia termina con la muerte de la mayoría de los trogloditas por una peste. La enfermedad tenía cura. De hecho, a algunos ya los había auxiliado un médico. Pero como los muy salvajes se rehusaron a pagarle por los servicios prestados, la segunda vez no hubo quien los auxiliara. ¿Tendremos los colombianos un destino distinto?

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