Por: Augusto Trujillo Muñoz

De la Calle o el alma de la política

Los procesos electorales suponen escogencia de los programas y de las personas más indicados para dirigir una sociedad. Hay momentos que imponen la necesidad de decidir en función del respectivo programa, casi que con independencia del elemento humano. En otros es prioritario reparar en la calidad de las personas que van a manejar la política o a ejercer el gobierno. Puede suceder que no haya muchas diferencias en los programas o que la credibilidad de estos se desvalorice hasta el punto de que su contenido no le importe ni siquiera a los mismos candidatos. Para no pocos de ellos el programa es un requisito formal y menor.

Esto sucede, a menudo, en Colombia. Como los candidatos a cualquier cargo dirigente, nacional o local, suelen pensar más en la próxima elección que en la próxima generación, desatienden por completo el sustento programático de su candidatura. Suele decirse que “el papel puede con todo” para indicar la dicotomía entre lo que se promete y lo que se cumple en el ejercicio de la política o del gobierno. Por eso, en países como el nuestro, resulta clave poner atención a las calidades intelectuales, personales y políticas de quienes presenten sus nombres al escrutinio público.

Este domingo 19 se cumplirá una consulta, abierta a todos los ciudadanos, para decidir la candidatura del liberalismo a la Presidencia de la República. Se hará entre dos nombres, ciertamente, disparejos: Humberto de la Calle y Juan Fernando Cristo. Está bien indagar por sus programas e incluso por sus asesores. Pero ante todo es preciso mirar sus historias. Los programas tienen semejanzas, pues corresponden al mismo partido. Sus historias, en cambio, van en direcciones opuestas. El primero ha escrito la política con mayúsculas y el otro con minúsculas. Esa es la importancia del factor psicológico de la política. El historiador Madariaga decía que, en el ámbito de la acción pública, el hombre es quien ofrece las mayores resistencias, pero es en el hombre donde está la mayor potencia para vencerlas. El hombre es el alma de la política.

El siglo XXI trajo consigo una suerte de actitud posmoderna que le sustrajo el alma a la política: la imagen que se muestra se privilegia sobre la realidad que se vive. Por eso, repitiendo la socorrida frase que ya utilicé, la política de hoy piensa más en la próxima elección que en la próxima generación. El presidente Santos prendió el faro de la paz pero redujo su luz al ámbito del país político. Hace declaraciones, pero no hace pedagogía. Así la paz se vuelve una imagen para proyectar, más que una realidad para vivir. El balón sigue en la cancha presidencial, si se quiere más que en la del Congreso, porque del presidente depende que ese balón pase o no a la cancha de todos los colombianos. Nadie en su gobierno, ni siquiera sus ministros del Interior, que están para eso, han sido capaces de hacer didáctica esa política.

Por eso es necesario mirar la formación de los candidatos, su actitud ante la gente, su gestión pública, su trasparencia política. Este domingo habrá que votar con ese criterio. Humberto de la Calle es un líder probado, con sentido de equipo, con formación de estadista, con dimensión presidencial. Su oponente va apenas a mitad de camino. Puede aplicársele una célebre frase del maestro Echandía, salpicada de humor: “Cuando hablan mal de él exageran, pero cuando hablan bien, también exageran”. No en vano sobresalen entre sus apoyos los amigos de Germán Vargas, cuyo propósito obvio es, simplemente, detener a De la Calle. Eso es una impostura.

La política en Colombia ha perdido grandeza, comunicabilidad, transparencia. Como el papel “puede con todo” cualquiera promete cualquier cosa. Pero no cualquiera puede exhibir una historia cabal de respetabilidad y de decencia en el ejercicio de la política como Humberto de la Calle. Tiene credibilidad para liderar el esfuerzo colectivo por la convivencia y la lucha contra la corrupción que está carcomiendo las instituciones. Es protagonista central de los dos grandes momentos de nuestra historia reciente: la Constitución del 91 y la firma de los acuerdos de paz. Es el único que, en este momento, le puede devolver el alma a la política.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

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