Por: Pascual Gaviria

De la ciudad al campo

UNOS MESES ANTES DE SU HUIDA AL campo el antiguo ciudadano entrega un aviso en forma de desgreño: se adorna con una bufanda estrambótica, deja que su barba le dé un aire de leñador, luce sus botas roñosas con un orgullo repentino.

Ha decidido renunciar a los aires malsanos y ahora sostiene el discurso de un apóstata. Pero su nueva religión, bucólica y sosegada, no tiene todo el silencio que promociona. Cuando regresa a la ciudad en busca de una batería indispensable o un colchón de fábrica, nos regala siempre un sermón insoportable, una cantaleta sobre las virtudes curativas de la niebla y las costumbres ejemplares de las Caravanas. Mientras se toma una cerveza recostado a un muro, dichoso de estar debajo de un poste de luz, el nuevo campesino finge estar aterrado ante la ciudad que multiplica las encrucijadas y ensordece. Es fácil notar que disfruta como pocos haber escapado por una noche de la sencillez de su corral campestre.

Sólo quienes han soportado el campo con todos sus ripios y su belleza, quienes se quedaron viviendo cerca del pueblo, bebiendo con el oficial que coge las goteras y el vecino que le intenta vender un marrano cada año y regalar dos perros cada seis meses, son capaces de contar su vida a cielo abierto sin los arrebatos poéticos de los primeros versos. Y hablan en prosa de la maldita monotonía que sólo rompe uno de los tres viciosos que decidió romper un vidrio y encartarse con el viejo equipo de sonido.

La revista Nature dijo hace unos días que los habitantes de las ciudades corren un riesgo dos o tres veces mayor de enfermar de esquizofrenia que sus congéneres que viven en el campo. También habló de las fobias y las depresiones como plagas más fecundas en el ámbito de las aglomeraciones humanas: “Existe una región de la corteza prefrontal del cerebro —relativamente joven en la evolución humana— que parece sufrir un efecto selectivo y muy marcado, sólo bajo situaciones de estrés, y sólo en quienes han crecido en la ciudad”.

Ese estudio me hizo recordar la opinión de Andy Warhol luego de sus visitas a lo que él llamaba la “América profunda”. Luego de unos días en el campo admirando a sus habitantes mientras araban sus postales, comenzaba una etapa más íntima, cuando los lugareños se atrevían a hablar: “Lo conocen a uno mejor y uno empieza a caerles bien, le cuentan, entonces, algunas ideas que no han logrado verbalizar en años, y entre más los oye uno más se da cuenta de que esa persona está realmente loca”.

Pero tal vez no valga la pena argumentar contra un estudio científico con las anécdotas de un maniático de las ciudades. Será mejor citar otro estudio reciente, realizado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, según el cual los pájaros que logran adaptarse al ambiente de las ciudades y vivir en el entretecho de una terraza y picar los depósitos de una frutería de barrio, tienen el cerebro más grande en relación a su tamaño corporal que los que no se atreven a criar en los antros humanos. Los pájaros citadinos tienen un mayor nivel de innovación que les permite aventurarse contra el ruido, los buzones y los hidrantes.

Es lógico que logren aumentar el volumen y la variedad de sus cantos. Contrario a quienes regresan del campo cada mes para silbarnos su mismo repertorio, en tono moral, sobre las desgracias y las basuras que producen las calles comparadas con el perfume de boñiga de la huerta ecológica.

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