Por: Dora Glottman

De la corte de Enrique II a la boca de Donald Trump

A veces la palabra “nosotros” significa mucho más que eso. Si uno se descuida, ese “nosotros”, amable e incluyente, se convierte en una trampa en la que uno se desliza tan suavemente que sólo se da cuenta cuando sobrevuelan los buitres sobre la cabeza.

Se los digo porque se vienen semanas de batallas verbales entre el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y todo aquel que lo acuse de haber intentado influenciar el resultado de las elecciones presidenciales del año entrante durante una conversación con su par ucraniano. El mandatario se defiende en los micrófonos y en Twitter y procura acostumbrarnos al plural real, ese incomodo uso del “nosotros” que en realidad significa “yo”.

Lo viene usando desde el día en que llegó a la Casa Blanca cuando dijo: “Nosotros ganamos las elecciones por uno de los mayores márgenes de la historia”. O hace poco, al afirmar en la radio que “la buena noticia es que nosotros somos el presidente”. También aplicó el plural real este jueves en uno de sus muchos trinos: “Nosotros estamos luchando simultáneamente contra las noticias falsas y su socio, el Partido Demócrata”.

La expresión se llama plural mayestático y hay que tenerle respeto y un poquito de miedo. Parece una alternativa gramatical inofensiva, una cursilería casi, pero en el caso puntual de Donald Trump es un código secreto que activa sus bases políticas y divide al país. Se le conoce también como plural real, porque lo hizo famoso el rey Enrique II de Inglaterra en 1169, pero ya para entonces era común en boca de los papas católicos.

Cuenta la historia que Guillermo de Longchamp, canciller de Inglaterra y obispo de Ely y quien fue parte de la corte de Enrique II, aprendió en la cancillería apostólica el uso papal del “nosotros” como una alternativa a la frase “Dios y yo”, o “Cristo y yo”. Longchamp se lo enseñó al rey quien, al ver que los barones de su corte no le temían, emitió un decreto usando por primera vez el plural real para recordarles que él y Dios eran uno y que por lo tanto sus órdenes contaban con la bendición del mismísimo cielo, y así de poderoso era también su castigo. Santo remedio. Los barones entendieron el mensaje divino, agacharon la cabeza, cedieron sus castillos a la corona y pagaron más impuestos que nunca.

Hay que estar alerta cuando lo usa el mandatario estadounidense porque, más allá de ser un código secreto para sus simpatizantes, su uso del plural real esconde el meollo del asunto del juicio político: las elecciones presidenciales del 2020. Ese es el verdadero objetivo del escándalo y teniendo en cuenta que el Senado es de mayoría republicana, el resultado del juicio a cargo de la cámara alta se puede adivinar, por eso lo que está en juego es la reelección de Trump. El planeta entero se someterá al desgaste del “impeachment” y al abuso del “we” por parte del acusado. Porque así como en un sistema monárquico el poder supuestamente le era otorgado al rey por Dios, en la democracia el poder lo otorgan las masas y Trump con su “nosotros” las mantiene comprometidas.

Existe una anécdota divertida del plural mayestático que vale la pena recordar. Durante una cena con la reina Victoria en el palacio Windsor, en Reino Unido, un joven contó un chiste subido de tono. En vez de reír, la monarca dijo disgustada: “We are not amused”, que traduce “no nos divierte”. La era de la retórica de Trump, a nosotros tampoco.

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2019-10-05T00:00:48-05:00

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