Por: Eduardo Barajas Sandoval

De la incompetencia a la debilidad

Cuando los gobernantes terminan por echar atrás sus propuestas ante la presión popular, no tienden a ser premiados por su talante liberal sino castigados por su incompetencia y, encima de todo, por su debilidad.

Decisión que no resista el oleaje de reacción social que ella misma produce, termina por ser indicio de ineptitud de quien no comprendió a tiempo que gobernar es prever. Lejos de ser estimada como reconocimiento de una sana interlocución con la ciudadanía, la echada atrás de medidas o propuestas gubernamentales deja asomar el fantasma de la debilidad, devastadora porque hace que se desvanezca la aureola del poder.

El gobierno francés se ha visto obligado, ante la reacción ciudadana, a abandonar la propuesta de cargas tributarias para ingresos medios y aún para pequeños ahorradores que habían tenido la prudencia de guardar recursos para épocas de debilidad. El fracaso de esa acometida tiene varios significados, todos preocupantes para  un presidente que llegó al poder cabalgando en un discurso que aseguraba poder sacar al país adelante sin exigir mayores sacrificios, pero no ha sido capaz de convertir su promesa en realidad.

Primero que todo demuestra que el Jefe de Estado no tenía claridad sobre la fórmula más viable para fortalecer las finanzas públicas. Da a entender que no conocía verdaderamente la temperatura política y social de la nación. Pone de manifiesto que, hacia delante, no parece tener a la mano fórmulas viables para sacar adelante el país ante una crisis, y un sentimiento de fracaso y de incapacidad, que ha hecho que algunos evoquen la memoria del gorro frigio como símbolo de resistencia ante la inadecuación de las medidas gubernamentales.

Los socialistas, incluyendo de pronto al presidente, no parecen sentirse confortables. Perplejos ante una situación que exige no solo la reiteración de los postulados tradicionales de la izquierda democrática sino medidas que no desentonen con la corriente principal de la Unión Europea, dominada por partidos de centro derecha, parecen atrapados en el poder. De la autoestima de otras épocas, que se basó en el referente de un proyecto claro, capaz de convertir las palabras en hechos sociales, queda muy poco.  

Los ministros se contradicen más de lo normal. El ensayo de ir más allá de los límites tradicionales de la izquierda socialdemócrata y emprenderla desde el Estado no solo contra el bolsillo de los ricos sino contra el de muchos más, ha conducido a la falta de apoyo ciudadano más grande de cualquier presidente de la V República. Y los experimentos de abandonar los postulados socialistas, para caer en el pragmatismo neoliberal, conllevarían no solo el abandono de las huestes históricas de la izquierda sino a reeditar un esfuerzo que en su momento tampoco dio frutos.

Porque sería injusto decir que la encrucijada de ahora surgió con la llegada del Presidente Hollande al poder. Por el contrario, su triunfo se debió al hecho de que la crisis avanzaba y los electores consideraron que el gobierno de centro derecha, que le precedió, no parecía capaz de hallar una solución. Pero la inversión estimulante no aparece y el crecimiento tampoco. Los emprendedores se sienten abandonados a su suerte, entre otras cosas porque el propio gobierno no propone nada novedoso y útil, como sería de esperar. La perspectiva tan solo parece ser la de nuevos sacrificios, que el presidente en su campaña propuso evitar.

Como suele suceder cuando la moderación fracasa, el avance del populismo de extrema derecha se cierne sobre una de las democracias más emblemáticas de la Europa Occidental. Salvo que François Hollande demuestre a lo largo del invierno que tenía la fórmula para reanimar la economía, y que además pruebe, tal vez con un nuevo primer ministro, que tiene las riendas del poder, las elecciones municipales significarían una derrota para todas las formaciones políticas que han gobernado recientemente. Y esa derecha extrema, que no quiere que la denominen como tal, como si el centro político fuera elástico para llegar hasta donde ella quiere, ya se sabe que tampoco tiene en sus manos la solución.

 

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