Por: Don Popo

De la política y otros demonios

Desde las montañas, a 3.000 metros de altura, viendo la laguna, la niebla y las ovejas, les escribo esta columna.

Desde donde vine a refugiarme de mi propio destino. He sido elegido por un grupo significativo de líderes para participar en las elecciones al Senado de la República de Colombia de 2018. Aún lo estoy pensando. Aunque ya el honor me está hecho. ¡Gracias a los creyentes!

Líderes que, aprovechando la coyuntura de que la gente está hasta la coronilla con la corrupción y su condición de vida de mal en peor, deciden no seguir en manos de los de siempre e, inspirados por la reforma a la política, la vinculación del nuevo partido de las Farc a la arena y las curules para las víctimas, ven una oportunidad de tener una voz propia en el poder, la voz de los que no han sido escuchados, los que nunca han jugado.

Y tienen razón: el momento es este, aquí y ahora. Vamos a hacer historia. “Vamos a vislumbrar el momento en que el bisnieto de un negro y una indígena esclavizados, nieto de un campesino y una maestra, hijo de un policía y una artista, ha nacido y sido ombligado como artista, emprendedor, trabajador social y académico, para convertirse en la voz que nos representará, ¡porque se lo debemos a nuestros ancestros, y los dioses así lo quieren…” ¡Amén!, dije yo también…

Pero no he arrancado y ya ando medio deprimido. Pues juicioso me puse a hacer la tarea, recorrer el país de ciudad en pueblo, vereda en barrio, escuchar a cada persona, líder, político, y he visto cómo nuestra gente vive entre la mierda. Literalmente. Con ratas, basura, enfermedades, sin centros médicos, una educación mediocre, dependientes de la gasolina, y los negocios multimillonarios a sus espaldas, con su propia tierra, sin gotearles. Y duele. Tan complejo que no sé si yo, en lo que me resta de vida, pueda hacer la diferencia.

No por los demonios a los que me enfrentaría, a esos no tengo miedo; lo que me quita el sueño es tener que luchar contra la mentalidad, las costumbres y malos hábitos electorales de nuestra gente, la cadena de destrucción, miseria y muerte a la que nos han amarrado, el desfigurado concepto de político y política, la compraventa, el intercambio de favores por el voto.

Yo no soy de esos, bien peinado y afeitado, dientes blanqueados, de “familia de bien”, con manillas de hippie para encajar con los pobres, con una bolsa de plata comprando líderes y registradurías, con un montón de mentiras que la gente no cree pero quiere escuchar, moviéndose entre intereses, conspiraciones, chantajes, traiciones que ni ellos controlan.

Pero, como si me hubiera convertido en el pagaré de una deuda histórica que todos desean cobrar anticipadamente —Don Popo, présteme plata, deme trabajo, un computador, unas tejas—, cientos de llamadas similares al día, y sin tiempo para responderlas... “No ha llegado y ya es igual a esos…”. Desde las entrañas gritan: “Cambio”, y les creo, pero muchos son incrédulos del proceso. Por eso juegan al “sálvese quien pueda”. La pobreza, además de ser una condición, es una actitud. “Tendremos que ser valientes”, les dije.

Mi gente debe escuchar más seguido del poder que tiene para transformar su propia realidad. Hasta que se lo crea... El mundo necesita menos políticos y la política necesita más seres humanos. ¡Valientes!

Pronto les confirmaré quién vence, mis demonios o la política…

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