Por: Patricia Lara Salive

De la tusa uribista y la solidaridad con el Alcalde

SE EQUIVOCAN QUIENES AFIRMAN que el presidente Uribe fue el derrotado con la declaratoria de inconstitucionalidad del referendo.

Fue el triunfador, pues la Corte, al hundir para siempre su reelección, frenó su desbocada libido imperandi, lo protegió de sí mismo y del horror que le hubiera significado un tercer período, al tener a los más reconocidos líderes de la opinión internacional, a los más importantes medios mundiales en contra y a la prensa nacional señalando la corrupción in crescendo porque, como dijo Lord Acton, “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. (Y eso ya habíamos comenzado a comprobarlo aquí, ¡y de qué modo!).

En cambio, ahora, cunde la nostalgia por la partida de Uribe. Es un adiós sin consuelo porque la Corte determinó que ni ahora ni nunca podrá repetir Presidencia. Sí, da pesar percibir a los uribistas apabullados por la inseguridad que les produce la próxima ida de ese padre protector y autoritario que tanta falta les hacía. Por eso se están despidiendo de Uribe como se despide a los grandes amores, y buscan prolongarlo sin identificar muy bien cómo ni con quién: entonces inventan que quieren verlo de vicepresidente de Juan Manuel Santos, o de Ministro de Defensa, o de alcalde de Bogotá, o de gobernador de Antioquia, o le solicitan que tome licencia y le haga campaña a quien él le haga el guiño. Pero él dice que no es “un hombre de guiños, sino de compromisos del alma”. Entonces, los candidatos uribistas andan colgados de la brocha y de la desesperación. Y él sigue siendo el rey.

En cambio es probable que haya no un gran derrotado, sino un gran damnificado: si la coalición de partidarios de Uribe se consolida —lo cual, por ahora, se ve difícil— y Colombia elige un presidente uribista, paradójicamente, ese pobre, quien aparentemente sería el beneficiado con la decisión de la Corte, también sería el gran damnificado, pues le quedará muy difícil quitarse a Uribe de encima: si lo nombra ministro o fórmula vicepresidencial, habrá introducido en el seno de su gobierno un caballo de Troya. Si lo deja por fuera, lo tendrá a diario dándole públicos consejos (léase órdenes) desde su nuevo portal en internet, o criticándole sus desobediencias. Lo mejor que podría hacer sería convencerlo de que se fuera de embajador a Londres, pero eso no es probable. En cambio sí puede estimularlo para que se lance a la Alcaldía de Medellín. Eso, de pronto, le sonaría, porque así volvería a satisfacer su necesidad de poder y viviría de nuevo en su linda casa de Rionegro, y cabalgaría de madrugada en esos finos caballos suyos que tanto añoró en estos ocho años.

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Apoyemos al alcalde de Bogotá: Samuel Moreno merece todo el apoyo de la ciudadanía por no haberse dejado chantajear por los transportadores pequeños, y por los grandes. Si bien los propietarios de los buses que deben salir de circulación pueden tener razón al sostener que se están deshaciendo de su negocio y que les tienen que pagar por ello lo suficiente, la ciudad no puede continuar careciendo de un transporte público integrado, manejado por el gobierno municipal e independiente de poderosas roscas. El Alcalde, acompañado por el ministro de Transporte, Andrés Uriel Gallego, ha actuado con firmeza y claridad. Y así la situación se le torne más difícil, Samuel Moreno debe percibir que los bogotanos lo rodean y le dicen: ¡no desfallezca, Alcalde, que nosotros lo apoyamos!

 

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