Por: Lorenzo Madrigal

De la vida mutante

Era tan desconcertante que a un exministro y exprecandidato presidencial lo llevaran preso como desconcertante hubiera sido que no lo llevaran, cuando todo su equipo, por parecidas razones, se halla tras las rejas.

Uribito (Andrés Felipe Arias) fue figura estelar en el régimen anterior. Tomó las poses del mandatario, sus actitudes antiguerrilla, afectó el antipastranismo, mientras su imagen de duro se peleaba con su rostro adolescente, que oteaba desde el estrato seis.

Ser el favorito del régimen le granjeó antipatías, al tiempo que se le fueron uniendo los que pensaron que en su compañía llegarían lejos, para lo cual compraron oportuno billete.

Una fiscal sin tapujos y con un solo ojo avizor lo envía ahora a los cuarteles carcelarios (Cantón Norte), a través, claro, del respectivo juez de garantías. Ella deberá acopiar las exigentes pruebas de toda acusación penal y principalmente la del elemento a sabiendas, esto es, la intención deliberada de infringir la ley.

Sin adelantar juicios de prensa, de los que mucho abundan, solamente se comenta aquí lo que es obligado a la percepción periodística, como es la sorpresa por la trasmutación de una privilegiada situación pública en un ignominioso encierro.

No son de celebrar para este columnista las medidas de aseguramiento, especialmente la de cárcel, que se prodigan por los días que corren contra personas insospechadas. Algunos creen estar descubriendo, en cada momento, a delincuentes de cuello blanco, pero, cuidado, no todos lo son.

La sola medida provisoria es denigrante. Provoca lágrimas en los familiares. No ocurrió, sin embargo, como dice el diario El Tiempo en un pie de foto, que el exministro rompiera en llanto. Nadie advirtió esa flaqueza de ánimo en su expresión, que, como era apenas natural, reflejaba el infortunio.

La cárcel, me lo he preguntado varias veces, ¿es un castigo para quién? Para el implicado, por supuesto, pero no entiendo por qué esa misma sanción acaban padeciéndola familiares inocentes, niños que quedan sin padres, madres y esposas desconsoladas, hogares deshechos. Medidas represivas y correctivos supuestamente morales, que más parecen bárbaras costumbres cuaternarias.

Qué decir de los desafueros policiales del CTI o de los guardias que no esperan a que acabe de pronunciarse el magistrado cuando ya echan mano del presunto delincuente, sin consideraciones de respeto por la dignidad de la persona que a empellones conducen hasta donde se pierde el registro de la imagen televisada.

~~~

Quizá suene destemplado mencionar aquí la cancioncilla aquella del soldado Domínguez (tan destemplada como pudo serlo): “Cómo nos cambia la vida…”. Dígase esto de quien hoy reposa en el Cantón Norte, en el Casino de Oficiales, lo que, por cierto y por fortuna, es un privilegio carcelario.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Lorenzo Madrigal

El poderoso ayer

Sustitución política

Despedida con libros y estampilla

Entiendo a Santos; a Mockus, no

La historia a merced de sus relatores