Por: Mauricio Botero Caicedo

De las guerras que nacieron perdidas

Para quien escribe esta nota, son dos las guerras que nacieron perdidas: la primera es la guerra contra la pobreza, guerra que usualmente —indistintamente de su ideología— todos los regímenes pierden, siendo los primeros en fracasar los países que le dan a la gente pescado, mas no se toman la molestia de enseñarles a pescar.

Al despojar a los ricos, la izquierda garantiza que sólo haya pobres. Los únicos que disfrutan de bienestar en los paraísos comunistas son los que usufructúan la propiedad colectiva. Los gobiernos democráticos, más que soluciones permanentes para acabar con la pobreza, casi en exclusividad se preocupan por aplicar paliativos; y otorgando subsidios a destajo con lo que sólo logran perpetuarla: esta es la razón principal del por qué las llamadas “guerras contra la pobreza” están condenadas a fracasar. Otro grave problema es que en las democracias, para los políticos, patrocinar al pobre suele ser el camino más rápido a la riqueza. Por razones obvias, la clase política es refractaria a eliminar su base electoral, y peldaño a la prosperidad.

El pasaporte para hacer la transición de pobres a ricos —o por lo menos  mantener el hambre a prudente distancia— tiene dos componentes: el primero es el enorme esfuerzo que debe hacer el Estado en brindarle educación de calidad a la totalidad de sus ciudadanos. Sin descartar que en muchos países la educación pública es excelente, en Colombia (con contadas excepciones), la educación pública se ha convertido en un fortín de burócratas y mamertos de diverso plumaje que ponen el contenido ideológico muy por encima del académico. En Colombia el Estado debería imponer un sistema de bonos educativos en donde el estudiante tiene la oportunidad de escoger entre una serie de universidades públicas y privadas, previamente calificadas por un comité independiente y autónomo. Lo que el Estado no puede es pagar los estudios de más abogados, cuando lo que necesitamos es más ingenieros. El segundo aspecto es que el Estado debe asegurarse de que la profesión más rentable no sea el mendigar ante él dádivas. Educar profesionales, especialmente a los pobres, para luego no darles oportunidad de ejercer sus profesiones desvirtúa todo el ejercicio.

La importancia de la educación universitaria la corrobora un reciente estudio del Banco de la República: “Desigualdad de salarios en Colombia: evidencia a partir de encuestas de hogares 1984-2010”, en donde la autora Carmiña Vargas establece que “los resultados de dicho estudio sugieren que Colombia ha experimentado un cambio tecnológico sesgado hacia los trabajadores universitarios”. A mayor educación, mayor ingreso: es así de sencillo.

La segunda guerra que está perdida desde su inicio es la guerra contra las drogas. Está perdida porque precisamente su prohibición es la que estimula la demanda, y hay una ley económica no derogable: la demanda crea su propia oferta. Es un misterio entender por qué las autoridades, después de varias décadas y de miles de millones de dólares gastados en la guerra contra la droga, no se dan cuenta de que todos sus esfuerzos han y van a seguir fracasando. La “prueba reina” del abismal fracaso de la “guerra” es que la droga se consigue hoy en día en los principales mercados en mayores cantidades, mejor calidad y a menor precio de lo que se conseguía hace unas décadas.

Hay, sin embargo, otra guerra contra una droga que ha tenido notable éxito: la guerra contra el tabaco. Los Estados (con excepción de Colombia) castigan con muy altos impuestos esta droga, que no es prohibida, aún siendo altamente adictiva; y los impuestos se destinan a campañas en contra de su uso; y a financiar los enormes costos del tabaquismo. Mientras que cada día se fuma menos, cada día se consumen más estupefacientes. ¿Por qué no se utilizan las mismas armas que han permitido que la guerra contra el tabaquismo sea un éxito?

 

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