Por: Klaus Ziegler

De las “razas inferiores”: la triste historia de Ota Benga

Entre los muchos episodios abominables que componen ese repertorio de ignominias que ha sido la historia del colonialismo europeo en África, el relato del “hombre-simio”, obligado a convivir con los monos en un parque zoológico, es uno de los más terribles y conmovedores.

Mientras el genocidio Nazi hace parte de los anales universal de la infamia, el exterminio de más de diez millones de africanos a manos de la “Fource Publique”, ese ejército de mercenarios al servicio del rey Leopoldo II de Bélgica, a muy pocos parece importar, si es que acaso se menciona. “He had a harsh heart towards the natives”, son las palabras más duras para referirse al monarca genocida en una entrada de la respetable Enciclopedia Británica, comenta Noam Chomsky. Ello es solo una muestra de cuán enraizada se encuentra esa concepción racista y etnocéntrica de la historia en nuestra tradición cultural.

La idea de “razas superiores” y la búsqueda de la “pureza racial” bien podrían contarse entre las ideologías más execrables y que más sufrimiento hayan podido causar. Las repercusiones de esta doctrina todavía resultan evidentes. Y no solo se trata de sus implicaciones en la esfera política, sin duda las más terribles, sino también en el ámbito académico, donde el estudio de las bases biológicas de la conducta humana recibe un rechazo de facto por considerársele un reencauche de teorías con rancio olor a darwinismo social. Es error común confundir la teoría de Darwin con las interpretaciones que Herbert Spencer y otros harían de su obra, como se evidencia en los artículos del profesor Jerry Bergman, crítico acérrimo de la teoría de la Evolución [1].

Ota Benga, o "Bi", que significa “amigo”, fue un pigmeo (del griego pygmaios, "de pequeño tamaño”) de la etnia Batwa. Sabemos que nació en 1883, en África Ecuatorial. Como es propio de los habitantes vernáculos del Congo, su estatura no superaba el metro y medio y su peso no alcanzaba los cincuenta kilos. Al referirse a Benga, los historiadores hablan de “un niño”, cuando en realidad se trataba de un adulto joven, casado dos veces y padre de varios hijos. Su primera esposa fue asesinada por colonos blancos, y la segunda murió después de haber sido mordida por una serpiente.

Pero sus verdaderas desgracias solo comenzaron en 1904, cuando ocurrió su secuestro, al regresar de una cacería en un bosque cercano al río Kasai. Lo que Benga presenció aquel día quedaría grabado en su memoria para siempre: su aldea había sido arrasada; no quedó nada en pie. Los cuerpos mutilados de sus hijos yacían desparramados por el lugar, asesinados por soldados belgas en una de las muchas campañas de terror emprendidas contra aquellos nativos que se resistían a trabajar como esclavos para el rey Leopoldo.

Fue Samuel Phillips Verner, un empresario estadounidense, quien “liberó” al pigmeo, entonces propiedad de un traficante de esclavos, y quien finalmente lo llevó a América. La historia narra cómo se hizo el trueque de Benga por unos bultos de sal y un rollo de tela: Verner se inclinó para comprobar la mercancía. Luego de separar los labios del hombrecito reconoció con emoción en sus dientes afilados (un adorno ritual) el espécimen perfecto que demandaban circos y parques zoológicos. Allí lo vendería como una rareza. Era la época de los zoos humanos, cuando era costumbre exhibir nativos americanos, “hombres-simios”, enanos, personas deformes y otros “monstruos”. Su destino final fue el zoológico del Bronx, y su lugar, una jaula en la que tendría que convivir con Dohong, un orangután amaestrado. El espectáculo hacía parte de una función en la que Benga se presentaba al público como el “eslabón perdido”, y que además de servir de entretenimiento, pretendía ser educativa, pues según la creencia popular, las razas humanas descendían de distintos primates: los negros habían evolucionado a partir de gorilas, de ahí su complexión fuerte y “escasa inteligencia”; los asiáticos provenían de los orangutanes y los blancos descendían del chimpancé, el más inteligente de los monos antropoides.

En cuestión de días, Benga se convirtió en la mayor atracción de aquel jardín zoológico. Multitudes de hasta cuarenta mil espectadores se llegaron a agolpar para ver al fenómeno, recluido en el pabellón de los simios. Allí un guarda luchaba por proteger al pequeño Benga de piedras y otros objetos que una multitud de curiosos le lanzaban entre burlas para azuzarlo, cuando no era que lo intentaban golpear o pinchar con bastones o palos.

Pero la función no podía continuar: sobrepasaba incluso los muy dilatados límites de la decencia de aquella época. Pronto, varios grupos religiosos afroamericanos alzaron su voz de protesta en contra de aquel espectáculo racista y humillante. Algunas almas nobles argumentaron que el trato a la población negra era ya suficientemente degradante como para mantener a un hombre de color en cautiverio con un simio, amén de que las teorías de Darwin contradecían las enseñanzas bíblicas. La presión llegó a tal punto que la exhibición debió cancelarse; Benga fue finalmente acogido por un clérigo afroamericano: el reverendo James H. Gordon.

Pero esas teorías racistas y seudocientíficas no solo eran parte del folclor popular. En un artículo de la revista Scientific American de la época se puede leer, palabras más, palabras menos: “Las características y rasgos de los pigmeos del Congo nos muestran que son pequeñas criaturas simiescas, ágiles, traviesas y furtivas, similares a los duendes y elfos de nuestros cuentos de hadas […]. Viven en bosques densos, en la barbarie absoluta. No practican la agricultura ni poseen animales domésticos, y aunque menos evolucionados que otras razas de negros, poseen un cierto estado de alerta que los hace parecer más inteligentes…” Se tiene la impresión de estar leyendo El informe de Brodie, ese magnífico relato de antropología fantástica del gran escritor argentino Jorge Luis Borges.

No es pues casual que Benga hubiera sido elegido para adornar el ala de antropología de la Feria Mundial de 1904, en St. Louis, al lado de otros “salvajes emblemáticos”, cuenta Bergman en su artículo. La exposición, cuya intención pretendía ser puramente “científica”, estuvo a cargo del profesor J. W. McGee. En ella se mostraban las distintas etapas de la evolución biológica y cultural humana, desde sus estadios más primitivos hasta “su cumbre más alta”, representada por el hombre europeo blanco.

Benga, como tantos otros pigmeos llevados a Norteamérica, fue sometido a interminables pruebas psicométricas. Se pretendía demostrar que las “razas inferiores” no superaban en inteligencia a los “débiles mentales” de origen caucásico. Un estudio llegaba a esta conclusión: “Los pigmeos son seres primitivos sin ningún sentido del tiempo. No poseen cultura ni tradiciones, ni fetiches, ni se les conoce religión alguna…”.

La verdad es que los pigmeos son hábiles cazadores y expertos conocedores del bosque tropical. Los estudios de ADN muestran que hacen parte de la gran familia humana, y que divergieron de los demás grupos africanos hace más o menos 70.000 años. En épocas en las que la frenología gozaba de reputación y popularidad, no dejaba de sorprender a los científicos que los cerebros de los pigmeos no alcanzaran a acomodarse en el cráneo de Daniel Webster, el más renombrado de los oradores del Whig Party.

La historia de lo ocurrido con Benga tras su adopción no deja de ser trágica. Lo hicieron cristiano, lo bautizaron, lo vistieron con pantalones, camisa y saco, y le pusieron forros en sus dientes para restaurarles su forma original; lo internaron en un seminario teológico para jóvenes negros donde trataron de educarlo a la manera de los caballeros de aquel entonces. Muy pronto habló inglés de manera fluida, y aprendió a leer. Finalmente, lo contrataron como empleado en una fábrica de tabaco donde gracias a su cuerpo pequeño y gran agilidad se lo aprovechaba para escalar por las poleas y liberarlas cuando estas se trababan.

Quienes lo vieron por última vez cuentan haberlo visto llorar al saber que jamás juntaría suficiente dinero para pagarse un viaje de regreso a África. Humillado, obligado a sobrevivir como un animal en un mundo ajeno, extraño e incomprensible, Ota Benga se disparó en el pecho, el 20 de marzo de 1916. Tenía solo 32 años de edad.

[1] http://www.rae.org/pdf/otabenga.pdf
 

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