Por: Lorenzo Madrigal

De lesa patria

No se está negociando con las Farc.

O no solamente con ellas: se está negociando indirectamente con Cuba, con Venezuela, tal vez con Nicaragua, qué sé yo, repúblicas socialistas del veintiuno, que tienen la esperanza puesta en que un día los rebeldes se tomen el poder en Colombia. Ya ni parecen colombianos los dirigentes de la guerrilla, refugiados en la isla de Cuba, puntal de extrema de las diferencias ideológicas y políticas con nuestra Nación.

No se escogió precisamente un país neutral para encontrarse rebeldes y Gobierno, pues con la dictadura de Fidel las relaciones no han sido buenas por su intervencionismo revolucionario. Como anécdota, desde mediados del siglo pasado, ya el adolescente Fidel Castro cometió desmanes en Colombia y debió refugiarse en la embajada soviética durante los hechos del 9 de abril de 1948.

La Nación colombiana quiere la paz, pero no parece amar el proceso ni mucho menos a la guerrilla, si nos atentemos a lo que dicen los sondeos reiteradamente. Proceso que supone lo que se conoce como tragarse sapos para que cese un desangre de varias décadas, en especial el ominoso de nuestra juventud. Por lo demás, aburre que se le haya atado irremediablemente a una reelección presidencial.

Se suma un disgusto más. En carta reciente, los negociadores de La Habana felicitan al gobierno nicaragüense “por sus éxitos alcanzados a favor de la soberanía (!)”. Aterrémonos, esas recuperaciones de soberanía de Nicaragua han sido precisamente a costa de la antigua territorialidad colombiana en importantísimas áreas marítimas del Caribe. Entonces, ¿de qué lado están las Farc?, ¿son o no son colombianas?, ¿es este el único pronunciamiento que se les ocurre acerca del proditorio fallo de La Haya, que vulneró a nuestro país?

Partidaria de la Nicaragua de Ortega y catapultada desde las playas de Cuba hacia el Congreso nacional, sin méritos electorales, la guerrilla muestra ansias de gobernar, pero felicita a nadie menos que al adversario territorial, que acaba de quitarle al país 75.000 kilómetros cuadrados de área marítima, por medio de intrigantes manejos en los Países Bajos, ante la más alta Corte de Justicia.

No hay, no puede haber, más ignominiosa caída en cuanto a los deberes con la patria que este desconocimiento del daño que se le ha causado. Congratularse con Nicaragua y con su gobierno porque han cobrado soberanía sobre una porción de mar que ha sido nuestra de tiempo inmemorial es traición manifiesta, que inclusive pondría en vilo la posibilidad del diálogo fraterno.

Pero el gobierno nacional, el mismo que dialoga con la guerrilla, ha dicho, con respecto al pleito de La Haya, que ya lo encontró adelantado y se ha mostrado como si no fuera asunto suyo. Nuestro naufragio en La Haya va, pues, camino de olvidarse; ese mar ya está muy lejos.

 

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