Por: Ricardo Bada

De libros y autores

Mi relación con El Quijote, el libro, y don Quijote, el personaje, pasa por Cervantes. Sé que quizá suene a paradoja, pero no lo es ni lo pretende. No me sucede, por ejemplo, que mi relación con Cien años de soledad y los Buendía pase por García Márquez, sino al revés.

Y lo mismo es válido para prácticamente todos los libros: mi relación con sus autores pasa por aquello que escribieron. Las excepciones pueden contarse con los dedos de una mano: además de con El Quijote me sucede con las epopeyas homéricas, el teatro de Shakespeare y la saga del condado de Yoknapatawpha, y pare usted de contar.

No me importa quién es Vargas Llosa para gozar La Fiesta del Chivo, ni quién fue Simenon para disfrutar sus Maigret. En cambio sí quiero saber quiénes fueron Cervantes, Homero, Shakespeare, Faulkner. Leyendo Los hermanos Karamasov siento que el hombre que escribió esas páginas terribles tiene que haber sufrido mucho; pero de la biografía de Dostoiewski podemos inferir que alguien que fue indultado estando ya frente al pelotón de fusilamiento, alguien que vivió luego el destierro y los trabajos forzados de Siberia, lógicamente debe ser capaz de descender a las regiones más abisales del alma humana. Allá donde se ha visto a la muerte cara a cara. Como acaso la vio Cervantes más de una vez, y ello explicaría su sabiduría y su tolerancia.

No es el caso de Homero (que se sepa, si se exceptúa su dizque ceguera), ni de Shakespeare, ni tampoco de Faulkner, quienes tuvieron vidas regalonas en comparación con las de Cervantes y Dostoiewski, y en el caso del bardo inglés incluso un currículo exitoso. Pero también ellos descendieron hasta el fondo de esas regiones. Y esa dicotomía es como un maelstrom que nos arrastra, irresistible. ¿Qué especial clarividencia recibieron al nacer, qué don, para que ni siquiera unas vidas de un discurrir placentero fuesen capaces de hacerles olvidar la miseria del alma humana en esa honda medida en que los tres la plasmaron?

Otro caso, pero a mi parecer algo distinto, es el de Kafka. Con Kafka creo que padecemos una fijación que no es imputable al autor, sino a nosotros y a la lectura que hacemos de sus textos. Es de sobra sabido que allí donde se nos arruga el corazón y se nos vuelve sudario el alma, él, Kafka, leyendo esos mismos textos en voz alta a sus amigos, se reía. Se reía como el Lázaro del drama de O’Neill, que al ser resucitado (¡ojo, no al resucitar!), cuando le preguntaban por lo que había más allá de la muerte, sólo contestaba con una risa dionisíaca, ninguneadora. Es decir, que o no entendemos a Kafka, o él fracasó en su intento de comunicar lo que nos quiso transmitir. Qué kafkiano.

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