De los columnistas más leídos

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Para Ramiro de la Espriella, columnista. In memoriam.

De cuanto dicen, bostezan, patalean Uribe, Petro, y alguna otra rara ave, y viceversa, poco o nada diferente escriben nuestros columnistas más leídos y mejor clasificados en las encuestas que miden su popularidad y porcentajes de lectura y, por ahí y sin que tal fuera objetivo de la encuesta, muy probable el de comprensión de lectura de quienes los leen en periódicos y medios aún existentes.

Los cuales medios, según los resultados de la aludida encuesta parecen ser Semana y El Tiempo, luego EL ESPECTADOR, el único entre los tres que permite la total libertad de materia a tratar e independencia de pensamiento o credo, de quienes oficiamos en él como columnistas habituales.

Cuanto de interés superior tiene para el país, de objetivo y fundamentado en el rigor histórico, en la perspectiva de construcción de nación, en el devenir de las instituciones como palancas de primera magnitud para enderezarlas y echarlas a andar por los caminos de la eficiencia y transparencia, nada o poco se escribe más allá de la inconsistente y abrumadora inmediatez, de la asonante inercia de una cotidianidad estéril.

De lo local intrascendente, a veces distractor. Nada o poco de la economía y del modelo económico cada vez menos competitivo y limitado en alto porcentaje al minero extractivo, ni del aparato productivo incapaz de atender la demanda interna en sectores clave como el agrícola y de alimentos, y de producir para exportar. Y si de la economía en su conjunto, pocos se ocupan en sus columnas: Sarmiento Palacio y Kalmanovitz, en EL ESPECTADOR, Amylkar Acosta Medina, en El Heraldo, ocasionalmente otros en la condición de analistas de casos particulares.

Y como no solo de lo que leen viven mayormente los colombianos, rara vez los columnistas ranqueados escriben sobre el 51%, aproximadamente, de los que dejan de comer una vez al día en las ciudades capitales de la región Caribe; de los altos niveles de pobreza urbana en la que sobrevive un creciente porcentaje de sus habitantes, 36% aproximadamente; de las inexistentes políticas públicas para enfrentar nuestra próxima pandemia: el hambre, cuya bandera de alerta de peligro ondea invisible.

De la región del Pacifico de la que nadie se ocupa por su lejanía del Gobierno, los periódicos y Bogotá, sí que nadie entra en escena ni interesa por sus altos niveles de pobreza y hambre, de salud y saneamiento básico.

Están muy lejos… No existen.

Y si de lo social se trata, de sus dinámicas y conflictos: capital y pobreza, hambre y empleo, corrupción y política, sí que son mezquinos los puntos de vista y las opiniones que han lugar en este oficio, casi vedados por la autocensura impuesta por quienes, no obstante ejercer una función pública, no deberían sustraerse de ello, pero consciente, deliberadamente, proceden así. Eso es delicado, lastima sensibilidades e intereses, parecen justificarse a sí propios y por tal, es mejor no meneallo.

Y como la poesía, la literatura, la música, la pintura, el arte y las humanidades en general, no es que gusten mucho a sus lectores ni den rating de popularidad, además de alterar el formato canónico de la columna periodística, rígido e inmóvil, esos no pasan de ser temas insulsos y “fuera de foco”.

Y, por tanto, impublicables por autocensura del columnista, nunca en mi caso particular, pues jamás EL ESPECTADOR me ha inquirido por publicar como columnas poemas o semblanzas de artistas o mortales comunes ilustrados con un cuadro.

Entre tanto,

Que nos enseñe la Vida,

lo que no la Muerte: ¡A vivir!

Lo que no el cuervo, el pájaro: ¡A cantar!

A soñar, lo que no el dormir.

Poeta

@CristoGarciaTap

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