Por: Rubén Mendoza
COLUMNA VERTEBRAL

De los hermanos masacrados

Clasificó Colombia al Mundial. Nos convencen de que no es una empresa, la Selección, sino un asunto Nacional, patrimonio de todos. Mientras tanto unas familias de unos colores que no nos interesan, que nos dan como cosita, entierran a los suyos, asesinados a traición por las Fuerzas Nacionales que deberían protegerlos. La comisión que va a investigar también es atacada. Esa esa la paz. Bien dijo mi amigo Velandia: Nobel de pus. Y bien dijo él mismo también anoche “Diccionario colombiano: Perro sin sangre: el que juega fútbol con las cabezas de sus hermanos masacrados”.

La gente no imagina lo que ha de ser una masacre. No le importa. La sensación de impotencia e injusticia de que quien deba defenderlo a uno, o quien sea, entre armado a casa o al pueblo, y nos mate a los hermanos, a los papás, a los hijos, a los amores. Que ahí delante nuestro les corten el cuello. O les arranquen las uñas y los dientes, o los despresen a motosierra. Esos adolescentes desmovilizados del paramilitarismo, que contaban con la edad muy corta, que su prueba de entrada a los paracos era llegar a la casa designada, tomar por los pies a un bebé designado, y reventarlo contra la pared como un globo de pintura roja y gris, como lavando ropa contra una piedra en el río. ¿Y si fuera en un barrio precioso de Cali?, ¿O un bebé precioso de Rosales en Bogotá? Si las masacres fueran en su casa, en su cocina, en su edificio, qué diría… mientras tanto la guerra debe seguir. Tiene demasiados auspiciadores para apagarla. Y para que ser un país tan feliz tenga un mérito: el absurdo.

Este país, para poder seguir siendo el segundo o tercero más feliz de la Tierra, tiene que ser algo: el más canalla. El primero. Cuánta miseria del alma y maldad se necesitan en nuestro código genético para ser felices hoy cuando el cinco pasado mataron a unos hermanos en Tumaco de la forma en que los mataron. Para que se pueda montar a la vista de cualquiera redes dedicadas a la prostitución de niños; para que cada mes un niño, o una bebé, mueran atravesados a golpes y violados, humillados: destrozados por dentro usando la carne como cuchillo. ¿Y si fuera un niño precioso de Medellín, o de Bogotá o de Cali, y no una niña caucana, de color rarito, una aparecida, como Yuliana, fácilmente guardable en los cajones del olvido a conveniencia de la “pobre familia” del victimario? Debe ser un país muy indiferente para andar feliz sabiendo que decenas de niños cambian sexo por bazuco en las mil calles del cartucho esparcidas a golpe de autoridad, atomizadas por nuestros doctores sin doctorado. Para andar con la justicia podrida: las intocables cúpulas donde se ponía la poca esperanza que queda… las altas cortes. Altas. Hoy pediríamos eso sí, la cabeza de Peckerman si no “estuviéramos” en el Mundial. Pero no hay marchas para exigir que se purgue la justicia, que caiga alguno de los asesinos de Tumaco, que quienes suben a manejar el aparato Estatal con nuestra bendición y votos se comporten como servidores y no como servidos, que no maten a los rebeldes tranquilos, indefensos, que quieren algún cambio.

La misma gente que dicta las leyes establece sus sueldos: es imposible bajar impuestos, le oí al gerente del Banco de la República. ¿Por qué?, pienso… porque ellos se inventaron que el resto los debe sostener y en unas condiciones de vida propia solo posibles con la resignación del resto. Para eso se aseguran el “monopolio” de la fuerza: para evitar cualquier ataque de sensatez, de cordura. Ellos se inventaron las placas y filas rápidas para los diplomáticos, que haya inmunidad parlamentaria, impunidad para llamarla sin eufemismos: diseñaron sus sistemas salariales y sus sistemas especiales de pensiones. Es imposible bajar los impuestos porque necesitan mantenerse donde están, como están: y que los que no tienen ni donde caer muertos, como los que cayeron muertos la semana pasada, sigan lejos, sin hacer ruido, sin la posibilidad de recuperarse, de protestar, sin la posibilidad de recuperar su tierra usurpada, antes o ahora, sin nada que facilite su vida cuando han perdido a quien era el sustento de una casa. Los privilegios y las facilidades para quien las diseña. La justicia para los de ruana, la injusticia para los de ruana. La podredumbre para los que tienen tantas prebendas y aún así necesitan más, por encima o por debajo de la mesa, como sea, impartiendo injusticia, veredictos comprados, investigaciones desaparecidas.  

Van cientos de asesinados este año, líderes sociales, “gente de izquierda”. Los grandes medios prefieren poner bajo sospecha a la víctima, antes que denunciar. Muchos más muertos que en su tan mentada Venezuela castrochavista y sus protestas, que en los asesinatos masivos de Estados Unidos o del Estado Islámico en Europa. Pero acá nadie es acá: nadie es dolor, nadie es Tumaco. Todos somos Francia, todos somos Las Vegas, todos somos la masacre mundial de turno: pero no las nuestras. Todos somos la Selección, lo único que parece arropar una sensación de patria colectiva. Jua.

Creo que se viene un período inmundo. Cuando la izquierda llega al poder o a la posibilidad del poder, están listos María Isabel y Julito y Albertico para demostrar que no pueden. Se les olvida que llegan los que alcanzan porque a los otros los matan: 3000 militantes de la UP incluidos dos tremendos candidatos presidenciales, por ejemplo. Pero es que la “izquierda no lo logra”. Es que “nadie protesta”: y a quién le quedan ganas si en una amnistía oficial matan a 3000 mil y no pasa nada. Si el año de la paz matan a cientos de líderes sociales y tampoco. En este país feliz la sola expresión “líder social” ya es un improperio. 

Se viene una etapa horrible. Yo empecé a escribir adolorido por la gente de Tumaco, por todos los líderes muertos que son tratados como ciudadanos de segunda porque no tenían casas que entregar, ni aprobaron ejércitos privados, ni están en ninguna Selección que nos amorfine, y que solo exigían supervivencia, verdad, reparación y se alimentaban de inconformismo, de ganas de cambiar su presente, de  hambre de justicia y dignidad: de preciosa rebeldía: la única obligación que debería tener cualquier ciudadano en estos tiempos. Se viene una etapa horrible porque nadie frenará que suban de nuevo los patrones, los amos de la guerra que la necesitan tanto. La guerra que es su esclava. Y esclavos es lo que necesitan, que no pregunten, que voten cambiando el voto por un mercado o un billete. Esclavos que acepten tugurios por casas, esclavos que no se quejen con los insultos, con los coscorrones, que sean cómplices de la infamia, de la difamación, de las injurias. No importa si las cosas son verdad o mentira en estos tiempos de asco mientras se digan con la fuerza que necesitan los machos en nuestras casas, en nuestras veredas, en nuestros pueblos. 

Acá la fuerza los hombres la prueban al revés: reclutando y abusando niñas, violando, robando, atropellando a sus propias familias, a sus esposas, maltratando a sus propios hijos hasta que tengan el tamaño de devolverle el golpe y de golpear al que llega. Pero nadie exhibe la verdadera hombría: preséntese Santos sin su ESMAD ante los campesinos, ante los indígenas, ante las madres cabeza de familia, ante la gente sin más oportunidad que los cultivos y a quienes los han traicionado en su buena fe, de frente, con promesas imposibles y hechas sin la mínima voluntad; prueben políticos la fuerza de su dignidad sin un ejército que amedrente, que los defienda, muestren cuál es la fuerza de su palabra que eso sí es hombría: la nobleza, oír a los abuelos, a las abuelas, a las matronas: sean tan hombres como para prohibir el fracking que ya las petroleras sin mover un dedo los tienen de nuevo de rodillas a costa de nuestro aire, de la estabilidad de nuestros suelos, de nuestra agua. Tengan palabra para hacer la palabra materia, no para embellecer discursos, no para maquillar premios. Quítese, Santos, esa camiseta ridícula de la Selección para pedir unidad al rededor de Eso y pida unidad y perdón a los asesinados, que no llevan ni 5 días. No vaya a dejar la paz en un título, en un pergamino que se deshaga en un charco más de sangre. La muerte está volviendo a los sitios de los primeros cultivos de paz: use la fuerza para los verdaderos enemigos, exhiba la fuerza con quien vale la pena que sacar las motosierras y las retroexcavadoras para podar el jardín es indigno y vergonzoso.

 

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