Por: Cartas de los lectores

De los indígenas del Valle del Cauca

Como lectores frecuentes de ese importante y magnífico diario, cuyo interesante contenido refleja el valor y la imparcialidad que siempre ha demostrado, es importante exponer a ustedes el punto de vista de los indígenas del Valle del Cauca sobre los acontecimientos que se vienen presentando en el vecino departamento sureño, en el cual los indígenas resolvieron sacar de sus territorios a todos los actores armados que generan violencia en su entorno.

Mucho se ha especulado sobre los motivos que han llevado a esos indígenas nasas a tomar tan audaz determinación y cada cual de acuerdo a sus intereses da una explicación a favor o en contra de ese pueblo indígena.

La verdad es que ser indígena en Colombia es algo muy difícil y doloroso, porque aunque la Constitución, la ley y los tratados internacionales lo prohíban, en Colombia reina poderosamente la discriminación, siendo uno de los principales discriminadores el mismísimo Estado colombiano que por un lado firma todos los tratados y convenios internacionales sobre los pueblos llamados por la Constitución como “diversos”, pero al mismo tiempo los ignora, los desprecia, los engaña, legisla en su contra sin consultarlos y los aplasta con su poder y, si el caso se da, pues hasta mata unos cuantos, lavándose después las manos diciendo que fue un error.

La mayoría de los colombianos no se dan cuenta de lo dificilísimo, humillante, demorado, que es tratar siquiera de relacionarse con el Estado.

No se puede negar que, en algunas partes, unos pocos indígenas simpatizan con la subversión; pero son la excepción, pues, para la inmensa mayoría, tan invasores de sus territorios son los guerrilleros como las fuerzas de Policía o del Ejército. Todos ellos, Estado y guerrilla invaden y profanan los sitios sagrados de los indígenas y cuando se les reclama se ríen de ello tildándolos de brujerías, sin pensar que hacer excretas en un sitio sagrado indígena es igual a hacerlas en la Catedral Primada y despierta idéntica indignación.

A cualquiera se le rebosa la copa tras 50 años o más de vivir en medio de una guerra que ni comenzaron ni son los culpables de ella, pero que les ha traído numerosos muertos, heridos, mutilados, viudas, huérfanos, casas destruidas, escuelas derruidas, campos y caminos minados, cultivos perdidos, su medio ambiente destrozado por las explosiones, aguas contaminadas y, sobre todo, una zozobra permanente, pues nunca saben si al salir de la casa los reciba una lluvia de balas o una sola perdida que los mate o les mate un hijo.

¿Usted, ciudadano que vive cómoda y seguramente en su casa de la ciudad, soportaría otros 50 años del martirio que hemos narrado?

Comité Ejecutivo de Orivac.

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