De los viejos, para el nietecito

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Los mayores de 70 queremos señalarle, nietecito imberbe, que somos lo que usted será. Los 30 años que nos separan de su edad volarán a la velocidad de la nave de Elon Musk hacia la Estación Espacial Internacional. Un suspiro, y ya lo comprobará en su pelo prematuro.

Los viejos de 70 resonamos con las palabras de Jorge Alí Triana: “Hay que morirse vivo, no encerrado en un sarcófago antes de morir”. En vez del sarcófago, que evoca la momia de Ramsés II, preferimos referirnos a la cápsula Crew Dragon tripulada por los astronautas gringos.

Usted, nietecito parlanchín, nos encerró desde marzo en el catafalco o nave de nuestras casas y apartamentos. Sin decirlo, nos dijo que “a los 70 automáticamente hay que comenzar a morirse”, como sentenció Daniel Samper Pizano.

Nietecito travieso, usted nos tendió una trampa. “Hay que cuidar a nuestros abuelitos”, dijo al llamar la atención sobre el gran peligro que corremos con el coronavirus. Escondió lo que de verdad quiso decir: “Para no morir hay que dejar de vivir”.

Oído al concepto del siquiatra Rodrigo Córdoba, líder entre sus colegas: “El confinamiento en personas mayores pero vitales desde el punto de vista mental y físico está ocasionando problemas emocionales muy serios que pueden hacer más agudas las consecuencias del confinamiento que la protección que se buscaba”. Es decir, el remedio, peor que la enfermedad.

Los viejos de 70, nietecito crudo, estamos de acuerdo con la carta que le escribió el técnico en electrónica y seguridad Fernando Galindo Pinzón, de 72. En plena capacidad productiva redujo sus ingresos y se está deteriorando física y mentalmente en un espacio cerrado. En la misiva le pidió a usted que “no lo quiera tanto”.

“No nos quiera tanto”, nietecito zalamero. Tenemos quien nos quiera, y no precisamente desde una pantalla diaria de televisor ni con palabras que son solo sonidos sin sustancia. Durante una vida de casi cien años nos hemos sabido cuidar. Nuestros achaques y preexistencias se deben en gran medida al trato que como colombianos hemos recibido de parte de los dueños del país.

Alto ahí con el mal ejemplo, nietecito juguetón. Fíjese cómo la mismísima alcaldesa bogotana se apresuró con un decreto de inscripción virtual obligatoria, que parecía sacado de las ganas infinitas de su papá innombrable. Por fortuna tuvo que derogarla ante el alud de protestas de gente asustada con sus aproximaciones fascistas.

Qué contrariedad, nietecito bisoño, ella no pertenece a los extremos de la polarización. Es de centro, tirando a izquierda, pero con su tirana plataforma Bogotá Cuidadora espeluznó a esta franja que ganó en las últimas elecciones. ¿De dónde le vino semejante pifia? ¿De su propia cabeza o de una celada de asesores incrustados?

Los viejos de tercera y cuarta edad, nietecito doblegado, tenemos reflejos bien aceitados para detectar esta clase de desatinos. Nos burbujea la sangre en las mejillas al menor asomo del ogro. No pertenecemos al racimo de quienes se mueren y son sepultados 30 años más tarde. Haría bien en atender este llamado.

arturoguerreror@gmail.com

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