Por: Francisco Gutiérrez Sanín

De Lucho a Paulo

AL IGUAL QUE LAS OPOSICIONES DE los otros países andinos, la colombiana está dando muestras elocuentes de aridez e impotencia.

Obviamente, eso sólo puede aupar a los sectores y planes autoritarios.  El bloqueo que está viviendo la oposición se manifiesta en que cualquiera de los líderes o candidatos no oficiales que dé un paso adelante, en cualquier sentido, recibe una lluvia de dardos de sus pares. En tal situación, no hay propuesta positiva viable.

Todo esto revela que los opositores no han hecho un balance, ni han comprendido la seriedad de la situación que enfrentan. Por una parte, cuentan indudablemente con un personal político destacado; hay entre ellos al menos diez presidenciables creíbles. Por otra, enfrentan un gobierno enormemente popular y que no juega limpio. Las dos características juntas son devastadoras.

Uribe goza de un apoyo y un prestigio que, por su amplitud, estabilidad e intensidad, no tienen precedentes en Colombia y difícilmente en el resto de América Latina; ciertamente, ni Fujimori ni Chávez ni Correa han alcanzado marcas semejantes (imagínense: seis años en un país como Colombia con niveles de apoyo que nunca, que yo recuerde, han bajado del 65%). Uribe ha cambiado las técnicas de gobierno, la forma de tomar decisiones y de relacionarse con la población. Mientras él está en el siglo 21 de la tecnología política, los demás (casi todos) siguen montando en mula, rezagados y haciendo visajes en la distancia. Pero por otra parte este gobierno no está por encima de ningún ardid, por oscuro que sea, para sacar adelante sus propósitos: el episodio de la yidispolítica es el caso más inmediato, pero no necesariamente el peor, de una ya larga lista que así lo sugiere.

Luis Garzón, quien acababa de sacar una columna en este diario mostrando una profunda incomprensión (pintaba a Uribe como la continuación del Frente Nacional por otros medios), tuvo la audacia de mandar una propuesta de coalición amplia para impulsar una candidatura no oficial. Quizás lo hizo por las razones equivocadas; y cometió muchos errores de forma, colocando a sus conmilitones frente a un hecho cumplido y atropellando en el camino a muchos potenciales aliados. Pero dio un paso en la dirección correcta. Es que la oposición no tiene una sola oportunidad de enfrentar al Presidente si no es con un candidato único.

Quien no vea esto no ha comprendido absolutamente nada sobre la actual situación política del país (la última encuesta que vi sobre intención de voto, a propósito, preguntaba por quién votará si Uribe se presenta a la reelección. Uribe quedó de primero con algo más del 70%, seguido de un ex alcalde de Medellín con 13%).  Por su idea, Garzón recibió una avalancha de descalificaciones; diez por cada voz de apoyo. La mayoría de las razones en contra de la idea de un candidato único no oficial —no antiuribista: tienen razón los que dicen que ese rótulo y esa actitud serían suicidas— son más bien exasperantes.

Los líderes altamente personalistas han querido proteger su sagrado ego a toda costa. Otros aducen la necesidad de defender su identidad. Dios: ¿no han oído nombrar la palabra coalición? Y si en efecto no la conocen, ¿no pueden leer al menos a Paulo Coelho? (puedes unirte a los demás en actividades conjuntas si crees mínimamente en ti mismo, etc.).

 

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