Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

De "maestro" a "doctor"

Hay dos situaciones bastante incómodas para un periodista cultural: lidiar con los egos (¡cuántas reencarnaciones de Da Vinci!) y decidir cuándo es pertinente conferirle a alguien el título de “maestro”.

Por ejemplo, por la calidad de su obra, solía referirme a Fernando Vallejo como “maestro”. Una tarde lo oí decir en público que “en Antioquia sólo ha habido dos poetas: León de Greiff y Porfirio Barba Jacob”. Desde entonces, se convirtió en “Vallejo”. Es mi homenaje, íntimo, al maestro José Manuel Arango.

Pero retirar el título de “maestro” no significa dejar de respetar.

En su controversial columna, William Ospina escribe sobre la “premodernidad” de la élite bogotana que representa Juan Manuel Santos. Yo le pregunto: ¿en cuál estado de la modernidad ubica a su “mal menor”? No está de acuerdo con el matrimonio gay ni con el aborto, y tiene como vocera a María Fernanda Cabal, quien agradece a Dios porque en las elecciones no ganó “el comunismo ateo”. Su misma “modernidad” puso a cabalgar el íncubo del “castro-chavismo” sobre la democracia, para engendrar una nueva casta impía: “la oligarquía mamerta”. Precioso oxímoron, de pedestal.

Ospina se refiere con ironía a la élite capitalina como “la última casta del continente”. Ni última ni única. Desde la prosa de Mario Vargas Llosa hasta ensayistas como François Bourricaud o Henri Favre han retratado las castas. Universidades como Princeton han presentado estudios para demostrar que en Estados Unidos no existe democracia sino oligarquía…

No vayamos tan lejos. ¿A quién representa Álvaro Uribe en Antioquia? Aquí no lo adoran por su “tremenda energía de animal político”, sino porque encarna los valores conservadores que anidan entre estas montañas y protegen una élite intocable. El proceder político de Uribe refleja la cultura del atajo: “El mono come chumbimba en tiempo de necesidad”, ¿recuerda el cuento Que pase el aserrador, de Jesús del Corral?

No sugiero que nos consolemos con el ‘mal de muchos’, sólo me da la impresión de que el escritor ha pasado levitando en sus visitas a Antioquia: las élites son, además de castas familiares, estructurales. Uribe ha contado con el respaldo de empresarios y la visibilización positiva del medio más poderoso en Antioquia: El Colombiano (del cual soy columnista).

El escrito de Ospina cae en el mismo centralismo del que acusa a la oligarquía bogotana. Aún más: nutre el factor de polarización que la derecha ha atizado en Antioquia: el regionalismo.

Ospina no es el único que planea vigilar el regreso de Uribe (lapsus voluntario) a la Presidencia. Muchos de quienes hoy apoyamos los diálogos de Juan Manuel Santos, tendremos a la mano el certificado electoral, la garantía para no dejarle pasar ni media. Ni Ospina es uribista ni nosotros santistas.

Tal vez, en sus próximos viajes a Medellín, al escritor no lo llamen “maestro” sino “doctor” (la grandilocuencia del Ubérrimo). Tampoco descartemos lo peor: que una mañana, William Ospina se descubra a sí mismo declamando en la ducha los versos de Jorge Robledo Ortiz.

 

Ana Cristina Restrepo Jiménez *

 

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