Por: William Ospina

De malezas y plagas

Maleza es el nombre que les damos a aquellas plantas cuya utilidad desconocemos. Como no parecen representar una ventaja posible para los humanos, un rendimiento calculable, nuestra ignorancia las declara inútiles y estorbosas, y procura deshacerse de ellas.

Creo que lo mismo podemos decir de todo lo que los humanos llamamos plagas. Esos enjambres de mosquitos que vio Humboldt y que protegían de invasores las orillas del Magdalena, esas nubes de langostas que devoraban las cosechas, esos millones de gorriones que saqueaban los arrozales y a los que la China declaró la guerra poniendo a los campesinos a hacer tanto ruido con sus peroles que los pobres pájaros no podían descender, hasta que llovían exánimes sobre los surcos. Todo aquello que juzga inútil o dañino en la naturaleza la visión siempre limitada de los seres humanos.

Hubo un tiempo en que talar selvas era considerado una hazaña y hacíamos monumentos a las hachas. Hubo un tiempo en que los cazadores eran vistos como héroes legendarios, y derribar antílopes, abatir gansos o demoler elefantes era motivo de orgullo y de ostentación. Los nobles británicos entretenían sus tardes persiguiendo con jaurías a los zorros plateados, y había en las mansiones museos teratológicos con las cabezas embalsamadas de esas víctimas de piel rayada o cuernos espirales.

Hubo una época, no hace demasiado, cuando las gentes y los Estados se aplicaron a secar esos pantanos deletéreos que abundaban en el mundo, para convertirlos en buenas tierras de labranza. Ahora sabemos que esos humedales, lodos y ciénagas cumplían un papel fundamental en la oxigenación del planeta, que su muerte era el comienzo de nuestra muerte.

A finales del siglo XVIII Kant sostuvo que para entender se requiere un pensamiento sistemático, porque explicar un fenómeno o una idea exige situarlo en un conjunto. De allí derivó Humboldt su convicción de que en la naturaleza todo depende de todo, y que para entender los fenómenos de la vida hay que entender la interdependencia de los seres y de los procesos.

Ya resulta evidente que no hay fenómenos aislados, que en esta burbuja de vida que gira en un caldo de enigmas cada cosa depende de las otras y todo es necesario. El cangrejo y la esponja, la rana venenosa y la oruga urticante, la bacteria y el virus, la mandrágora que según es fábula grita cuando la arrancan y la sensitiva que se duerme cuando la tocan, el cisne aparentemente armonioso y el ornitorrinco aparentemente disparatado.

Un día en una casa de tierra caliente alguien me dijo que había que exterminar a las hormigas, porque si no lo hacíamos iban a devorar toda la vegetación. Yo me dije que las hormigas llegaron a este mundo mucho antes que nosotros, llevan aquí millones de años, y si todavía hay vegetación es porque a la larga no son tan peligrosas.

Mientras yo lo pensaba, a un ritmo increíble, las hojas verdes y amarillas de un arbusto iban siendo segadas por esas poderosas mandíbulas que también las llevaban en procesión hasta el hormiguero escondido, y en pocas horas el arbusto estaba devastado. Pero días después no solo había vuelto a brotar el follaje sino que me pareció más abundante y más vivo. Tuve la sensación de que las hormigas, más que devorarlos, podaban los árboles, que más que una plaga eran parte de un ciclo benéfico tan antiguo como necesario.

Estoy lejos de pensar que no tengamos derecho a luchar por nuestra vida y a protegernos de nuestros a menudo diminutos depredadores, pero a veces siento que esta época pretende suplantar la vieja lucha de la medicina en favor de la vida de los individuos por unos procesos meditados de extinción masiva de especies que podrían terminar, como tantos delirios de la soberbia humana, enfrentando consecuencias impredecibles.

Una cosa es crear una vacuna contra la malaria y otra es pretender extinguir a los mosquitos que la producen, y nadie se detiene a pensar si no habrá alguna otra cosa, acaso indispensable, que esos mosquitos obren sobre el mundo. ¿De qué son alimento? ¿Qué necesario nicho protegen? Es sin duda lo limitado de nuestra visión, o lo codicioso de nuestros plazos, lo que hace que veamos malezas y plagas por todas partes.

Alguien dirá que no son las especies sino su proliferación irrestricta lo que hace que se conviertan en algo nocivo y que se les llegue a considerar una plaga. Pero normalmente en la naturaleza todo tiene sus límites, una especie controla a la otra, del mismo modo que una especie viviente es polinizada por otra.

Pero así como cada vez atentamos más contra la diversidad; como a menudo convertimos un campo donde crecían cien especies en un cañaveral, en un cafetal, en una plantación de palma africana; así como convertimos un bosque de niebla numeroso en árboles y helechos y musgos y pájaros distintos en un bosque de pinos idénticos al que no regresan los pájaros, tantos desequilibrios rentables acaban produciendo desequilibrios ruinosos, y brotan esas manchas, esos enjambres, esos parásitos, que vemos como plagas y no son otra cosa que la vida defendiendo su complejidad.

Hoy solo jugamos al crecimiento, pero el mundo necesita equilibrio. Cada especie podría llamar plaga a aquello que la amenaza. Y a lo mejor las pestes son esfuerzos ciegos del mundo por recuperar su equilibrio. Porque también nosotros crecemos como especie irrestricta y, si tratamos de ese modo como plagas a los otros seres vivientes, el mundo bien podría empezar a tratarnos como una plaga, tal vez la más peligrosa de todas.

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2020-02-02T00:00:48-05:00

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2020-02-02T00:30:02-05:00

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