Por: Mario Morales
El país de las maravillas

De miedos y otros relatos

Imposible olvidar esa imagen de Antanas Mockus, al borde de las lágrimas tras las elecciones, reclamando otro relato para esta nación y sus gentes, el del orgullo. Casi una utopía, aquí donde el motor de cada día es la fuerza primitiva de la supervivencia.

Condicionados como estamos desde la cuna hasta la vejez por cuentos de terror, peligros inminentes de la esquina, advertencias de los antilíderes y titulares de los medios, el relato del miedo en cambio es reactivo, taquillero y eficiente.

El miedo, como lo saben los estudiosos del comportamiento, bebe en la memoria colectiva y se refuerza y legitima en el recuerdo, su aliado principal, su canal conductor. Está instalado en nuestra psiquis. Solo hay que activarlo para que fluya la adrenalina y genere escape, anonimato o reacción; lo que, traducido a la arena política, sería el efecto avestruz, la indiferencia abstencionista y esa efervescencia beligerante que incrementó el caudal de votos por quienes, para reafirmar el relato, se autoproclaman como vencedores.

Esa sensación tan parecida a la realidad cumple también la función de aglutinador de comunidad; nos hace sentir, merced a la adrenalina, parte de un grupo que siente y se emociona por las mismas causas. Da un falaz sentido de pertenencia.

Nos distancia de la racionalidad porque se apoya en el prejuicio. Pero además genera una falsa autoconfianza. Hace creer que vamos en la misma dirección, que pensamos igual, que el camino es expedito. Y en el límite de su afectación rompe con la rutina y el aburrimiento gracias a esa suerte de arrobamiento que hace creer que estamos superando esos peligros inventados, construidos o alimentados por quienes están tras bastidores, y libres de riesgos, porque ellos son el mismo peligro encarnado.

Eso explica que, a pesar de que en estas elecciones ganaron los miedos, la gente reclame para sí la victoria y mire con desdén a quienes obtuvieron menos, pero haciendo gala de coraje exigen otro relato, el del orgullo. Pero para eso hace falta dignidad.

@marioemorales y www.mariomorales.info

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