Por: Juan Esteban Constain

De música ligera

Ya entrados en los gastos píos de la Semana Santa, dejo el tema de la Constitución monárquica de Cundinamarca (proclamada en el año 11 por los próceres de la “Independencia” que le gritaban vivas  al Rey de España, todos con el Santo Rosario en la mano, los muy volterianos), para cuando se reanuden los incisivos llamados de la carne.

Hoy prefiero en cambio evocar a algunas maravillosas figuras medievales, de las que muy poco se habla o se sabe, siempre con esa estúpida idea según la cual la Edad Media (ya el nombre indigna) fue un tiempo de oscuridad y pestilencia en el que la teología se alió con la ignorancia para encerrar al hombre (a la mujer también Florence, también) en un enmohecido  monasterio de mil años. Pero bastaría con un terceto de Dante, o un lamento de María de Francia o un atardecer en Córdoba, para saber que quien habla mal de la Edad Media jamás saldrá de ella.

Pablo Diácono fue un juicioso historiador friulano (Monte Cassino), al que le tocó vivir y narrar las penas de los Longobardos en la Italia del siglo VIII, sobre todo cuando Carlomagno, que era Franco, sembró su poder desde el norte de Francia hasta Milán. El Diácono hizo el resumen de Eutropio que era un maestro, y le escribió un himno a San Juan Bautista, que cito en latín ya se verá por qué: “Ut queant laxis/ Resonare fibris/ Mira gestorum/ Famuli tuorum/ Solve polluti/ Labii reatum/ Sancte Ioannes”.

No tengo espacio para traducir el texto, pero ni falta que hace: porque si leen con cuidado, verán (oirán) que la primera sílaba de la primera palabra de cada verso, responde más o menos a los nombres de las notas musicales de la tradición occidental. Do, re, mi, fa, sol, la, si.

Más o menos: el Ut del principio fue cambiado luego por el Do del señor (Dominus en latín), y porque así lo quiso el sabio barroco y florentino Giovanni Battista Doni, quien en el siglo XVII vivía con una mano en el pentagrama y la otra acariciando a las serpientes de la corte de los Papas.

Quien se inventó el juego de las notas con el himno a San Juan de Pablo el Diácono fue otro hombre medieval, el monje Guido D’Arezzo, en el afán cariñoso por recordarles a sus alumnos que la música es la voz de Dios (los dioses, que aquí caben todos y aun los que no) y el bálsamo  de la memoria.

Sí, la oscura y brutal Edad Media. El otoño de esplendor del que hablaba Huizinga. David Gilmour o Jimi Hendrix con laúd.

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