Por: Arturo Charria

De nadaísta a presidente

Humberto de la Calle está cumpliendo el sueño de los nadaístas: hacer temblar la conciencia de un país que carece de ella.

Un día llegaron todos los nadaístas a Manizales, aterrizaron en gallada y la invadieron como una peste: Gonzalo Arango, Jotamario Arbeláez, Eduardo Escobar, Elmo Valencia, Amílcar Osorio y Darío Lemos. Ellos, acostumbrados al escándalo y a la provocación como oficio, escogieron como uno de los epicentros de su rebeldía poética la ciudad natal de Los leopardos, grupo de intelectuales fascistas de la década del 20. Allí los esperaban, desde sus trincheras, de literaturas subterráneas, los poetas locales, entre los que estaba Humberto de la Calle, estudiante de Derecho de la Universidad de Caldas.

La cita para la profanación fue el parque de Caldas, allí se levantó la voz de Gonzalo Arango contra las coloniales costumbres de la ciudad. Manizales ardió como una revolución contenida. La represión no se hizo esperar. El monje, como llamaban a Gonzalo Arango, fue detenido por la policía, que consideró escandaloso su discurso que desnudaba los mitos y la mojigatería de la ciudad más conservadora de Colombia. Todos los poetas nadaístas presentes, y otros tantos desprevenidos que se detuvieron a escuchar al monje, se declararon en desobediencia y rebeldía, estaban dispuestos a destruir las iglesias para hacerse detener junto al poeta que, una vez más, iban a llevar preso. 

Esos tiempos y la mezcla de tabaco con anís, de tertulias clandestinas y de lecturas existencialistas, le dejaron al joven Humberto una voz ronca de eterno convaleciente. Todo por culpa de exponer un cuerpo, en el que cabían todos los poemas del mundo, a las bajas temperaturas de una ciudad detenida en el esplendor del siglo XVIII.

Ese malestar indisoluble entre el cuerpo y la poesía se mantiene en la figura del que fuera jefe negociador del Gobierno en los diálogos de La Habana; su consagración como poeta nadaísta fue firmar la paz y ser juzgado por ello. Al igual que a Gonzalo Arango, en más de una ciudad quisieran “lincharlo” en nombre de las buenas formas y de la moral. Porque la paz y su defensa coincide con la síntesis del nadaísmo: “Es la negación de todo lo muerto y la afirmación de lo que está vivo”.

Por eso, cuando se le pregunta a Humberto de la Calle por un verso capaz de describir la situación que vive el país, no duda en recordar una hermética estrofa de León de Greiff, del poema Pequeña balada riente de los sapos en las charcas:

A insignes pedagogos

ahítos de catálogos

van a decir,

y a sucios demagogos

y a poetas análogos:

para reír!

El poema comienza con un coro de sapos que desde las charcas van diciendo ciertas verdades a manera de “jocundas serenatas”. Esos sapos incomodan, molestan y al tiempo se burlan de una realidad compartida por un país que permanecía estancado en “sus florestas sordas y sus jardines absurdos”. El poema lo escribe León de Greiff en 1917, en los años de la hegemonía conservadora; por esos años Colombia seguía sin sentir el cambio de siglo, pues la moral, la política y la estética seguían siendo las del siglo XIX.

Hoy, 100 años después, los versos de León de Greiff, que tanto le gustan a Humberto de la Calle, siguen vigentes, pues en Colombia abundan los “sucios demagogos” que se niegan a aceptar el cambio de siglo y el fin de la guerra. En eso consistía el nadaísmo, en develar la mentira de esos “insignes pedagogos” y en reír ante la mentira que siempre han querido hacer pasar por verdad. Desde su charca ese poeta nadaísta hoy aspira a la Presidencia y su voz incomoda, como es natural, a las buenas gentes de un país que se resiste, como hace un siglo, al cambio de los tiempos.  

 

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