De nicho de vida a campo de batalla

Parece imposible, pero lamentablemente es una dolorosa realidad. Desde hace años los colombianos sabemos que sin consideración alguna y sobreponiendo sus intereses particulares el ser humano profana un santuario natural de flora y fauna de la humanidad ubicado en tierras metenses.

Sistemáticamente se comete tal atentado ambiental cuando por todos es conocido que la Sierra de La Macarena es uno de los más antiguos nichos ecológicos del planeta, además la bibliografía especializada cuenta que su existencia se remonta a pretéritos años antes del surgimiento de la cordillera Oriental y de cuando los hoy Llanos Orientales fueron mar.

Esa naturaleza geológica hizo de aquel imponente cuerpo biogeográfico un gran hábitat de infinidad de especies animales y vegetales únicas, que cuando el mar desapareció bajaron a poblar los dilatados territorios que quedaron, originando la contemporánea biodiversidad orinoquense.

Los antecedentes investigativos sobre este accidente geográfico del departamento del Meta al parecer tienen como punto de partida el año 1943. Su reconocimiento oficial ocurrió cinco años después, es decir, en 1948, con la Ley 52 del 24 de noviembre que la declaró como Reserva Nacional de La Macarena. Posteriormente fue clasificado como patrimonio biológico de la humanidad.

Por fenómenos sociopolíticos del país, hace unos nueve lustros el edén biológico empezó a recibir flujos migratorios humanos que con hachas, machetes, motosierras y quemas comenzaron a herirle sus entrañas, igual fue escogido como refugio por las Farc. Luego, las dinámicas económicas del narcotráfico le introdujeron especies vegetales diferentes a las que la sabia naturaleza le asignó en sus orígenes, éstas fueron la marihuana y la coca, cuyos ilegales mercados internacionales acrecentaron la degradación de su territorio.

Qué paradojas tiene la vida, la Sierra de La Macarena, banco genético del planeta, se convirtió en campo de batalla y, por supuesto, en escenario de muerte no sólo humana, sino de fauna y flora, pues los impactos de la actividad bélica que allí cumplen los actores en choque causa daños irreparables a la diezmada biodiversidad que le queda.

Es hora para que la sociedad civil regional y nacional emprenda una pacífica cruzada en defensa de nuestro insigne parque. Seguramente, la racional causa convocará la adhesión internacional para pedir respeto por el ecosistema del que los metenses nos sentimos orgullosos y sobre el que el mundo científico mantiene su interés investigativo.

 Óscar Alfonso Pabón Monroy. Villavicencio.

Envíe sus cartas a [email protected].

Buscar columnista