De óbitos y panegíricos políticos

Llegó el momento del adiós al presidente Uribe y los medios informativos impresos, radiales y electrónicos, caricaturistas y humoristas le hacen una despedida acorde a los odios o amores que les inspiró su gobierno.

Quedará en la memoria histórica de la nación como el primero en haber ocupado la silla de Bolívar por ocho años consecutivos y el único entre sus anteriores colegas al que en el ocaso de su gobierno lo apoyaba una abrumadora mayoría de colombianos. Será recordado como el presidente de “la seguridad democrática”, con la cual consiguió reducir el inmenso poder que habían adquirido las Farc, hasta dejar convertido ese grupo en una pequeña caterva de bandidos y narcotraficantes. En contraste, los llamados “falsos positivos” que venían de gobiernos anteriores, alcanzaron durante su mandato las más altas cotas de inaudita crueldad y el paramilitarismo hizo metástasis al convertirse en pequeñas bandas criminales denominadas “Bacrím”. Su “trabajar, trabajar y trabajar”, su estilo frentero, sus consejos comunales y su mano santurrona sobre el corazón, serán inolvidables.

El mayor deseo de todo antiuribista que se respete es verlo condenado por la Corte Penal Internacional a cadena perpetua y, según lo que dicen las encuestas, más del setenta y cinco por ciento de los colombianos aprueban su gestión. Los millones de votantes que eligieron al nuevo presidente tienen la marca uribista. Es impensable que Iván Cepeda, Antonio Caballero, Felipe Zuleta y otros millares de antiuribistas votaran por Juan Manuel. Escritoras como Ana María Cano, María Isabel Rueda y María Jimena Duzán destilan hiel y vinagre contra Uribe, y su nombre es el tema semanal en las columnas de Antonio Caballero. Entretanto, Mauricio Vargas, Alfredo Rangel y otros escritores son considerados por la oposición como los lambones de Uribe. Una amalgama de pasiones que se chocan rodearon su nombre.

No pudo evitar el síndrome del apego al poder y su mayor error fue el haberse hecho reelegir. Su segundo intento ya era una hecatombe y la “encrucijada en el alma” les hizo daño a sus indudables logros. De su primer gobierno pudo haber salido con una aureola de triunfo y en futuras elecciones su inmenso prestigio le hubiera permitido acceder de nuevo a la Presidencia. La posteridad le reconocerá que su mejor jugada fue la de entregar al sucesor nuestras relaciones con el energúmeno y fanfarrón Chávez al nivel del piso.

 

 Zoilo Guarín. Bogotá.

 

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