Por: Arlene B. Tickner

De ovnis y extraterrestres

La ovnilogía, o el estudio de los objetos voladores no identificados, es un oficio risible. Rara vez su tratamiento en medios está exento de chistes o de la música sonora de Los Expedientes X, y peor aún, es el hazmerreír del mundo científico, con lo cual dedicarse a ello es suicidio profesional. Y sin embargo, hace pocos días el New York Times y Político dieron a conocer la existencia de un programa del Departamento de Defensa que operó con presupuesto “negro” entre 2007 y 2012 –y continúa hoy de manera extraoficial– para investigar las “amenazas aeroespaciales avanzadas”. Aunque en países como Bélgica, China, Francia, Inglaterra y Rusia, e incluso Argentina, Chile y Perú, existen dependencias estatales dedicadas al análisis de los “fenómenos aéreos anómalos”, hasta ahora Estados Unidos se había rehusado a admitir su seguimiento del tema.

Desde 1947, año en el que supuestamente se estrelló un ovni en Roswell, Nuevo México, y según los conspiracionistas, el gobierno estadounidense recuperó algunos de sus restos, así como los cuerpos de varios extraterrestres, el número de avistamientos en ese país se disparó. Pese a que, según el psicoanalista Carl Jung, los ovnis desempeñaban una función mitológica que ayudaba a manejar el estrés causado por la guerra fría, la Fuerza Aérea los investigó de forma sistemática entre 1952 y 1969 mediante el proyecto Blue Book. A principios de 2017, la CIA puso en línea casi un millón de documentos sobre avistamientos y experimentos psíquicos realizados entre los años 40 y 90 que indican que la cosa tampoco terminó allí y que alrededor de 20 % de los ovnis reportados no pudieron ser explicados.

Además de entidades de trayectoria como Mufon (Mutual UFO Network), en la que investigadores de 43 países rastrean avistamientos reportados alrededor del mundo, fue creado recientemente To the Stars Academy of Arts & Science (TTS/AAS) –que incluye oficiales militares y civiles de alto nivel, incluyendo el ex funcionario a cargo del mencionado programa de Defensa– bajo la premisa de que “existe suficiente información creíble de que los fenómenos aéreos anómalos usan tecnologías exóticas que podrían revolucionar la experiencia humana”. Para la muestra, se han comenzado a publicar videos de encuentros entre buques y aeronaves, y ovnis que constatan la existencia de capacidades tecnológicas hasta ahora desconocidas.

Desconocer el origen de un objeto volador no equivale a comprobar que éste proviene de otro planeta o galaxia. De hecho, la evidencia científica al respecto sigue siendo discutible, confirmando la vigencia de la paradoja de Fermi. Empero, creer que los humanos somos la única forma de vida inteligente en un universo poblado de billones y billones de mundos –se dice que habría 100 planetas análogos a la Tierra por cada grano de arena que existe en su superficie– no solo es ilógico, sino que refleja la preocupante dimensión de nuestra ilusión (por no decir delirio) de superioridad como especie.

Independientemente de las convicciones de cada quien sobre los ovnis y los extraterrestres, hay lecciones que aprender. Entre las más importantes, nuestra existencia en la Tierra podría ser más amable si aprendiésemos a no ridiculizar, satanizar o considerar como amenaza todo aquello que no comprendemos o no compartimos.

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