De pandemias y cuarentenas

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Por: Klaus Ziegler

Los modelos epidemiológicos son con frecuencia inexactos. De ahí que los pronósticos sobre el avance de este nuevo huésped planetario, el SARS-CoV-2, varíen en grado sumo, en rangos que pueden oscilar entre los cientos de miles hasta los varios millones de contagiados.

Colombia tiene hasta la fecha más de 15 mil infectados y alrededor de 500 víctimas mortales. Cifras ejemplares, sin duda, pero al costo de haber paralizado todo un país y de haber puesto su economía al borde del abismo. Decenas de miles de comerciantes, restaurantes, cafeterías, peluquerías, ferreterías, pequeños negocios…  se encuentran a punto de desaparecer. Y la población más pobre y vulnerable vive el encierro en condiciones de hambre y miseria alarmantes, incluso para los estándares colombianos.  

Como afirma Anders Tegnell, el artífice de la controvertida estrategia sueca para controlar la pandemia, el confinamiento indiscriminado posterga el problema, pero no lo resuelve. Concuerdo en general con esa opinión, y discrepo de aquellos que han preferido convertir a sus ciudadanos en fantasmas sin rostro que recorren las calles, atemorizados ante la posibilidad de un improbable contagio.   

El aislamiento preventivo, eufemismo en boga, ha logrado bajar la tasa de infección (número promedio de personas que un infectado es capaz de contagiar durante su enfermedad) a un valor de 1.2, según las últimas estadísticas del Ministerio de Salud. Si ese valor se mantiene, los modelos epidemiológicos nos auguran alrededor de 600 mil contagiados en el transcurso de un año. Como muchos saben, la población infectada seguirá en ascenso mientras la tasa de infección se encuentre por encima de la unidad.

Pero una tasa igual a 1.2 parece insostenible a largo plazo, pues obligaría a la mayoría de la población a permanecer en condiciones extremas de aislamiento. Y una vez cese la cuarentena, la tasa de infección difícilmente podría mantenerse por debajo de 1.6, en cuyo caso los modelos pronostican alrededor de dos millones de infectados durante el próximo año y medio. Ante esa realidad, muchos sentirán que no valió la pena tanto sacrificio. La curva real de muertos no lucirá tan plana como se prometía. Y si el virus mutara, y algunos se infectaran de nuevo, posibilidad que aún no se descarta, en ausencia de una vacuna efectiva habría pandemia por muchos años, en medio de un tejido social devastado.      

Podría argumentarse que esos modelos tienden a exagerar la suma de contagios. Sin embargo, según estadísticas recientes (de comienzos de mayo), el 19.9% de la población de Nueva York que ha sido sometida a pruebas de anticuerpos para el COVID-19 ha dado resultados positivos. De allí que por lo menos 1,671,351 personas se han contagiado. No obstante, el número de casos confirmados es apenas de 166,883, ¡diez veces menor! De igual manera en España, donde los aplanacurvas ya cantan victoria, el número de infectados podría estar alrededor de 2.3 millones, a diferencia de solo 270,000 casos reconocidos. No olvidemos, hace apenas una década, otro virus, la fiebre porcina, alcanzó a infectar en solo un año ¡al 21% de la población mundial!

Pero ese gran número de infectados anónimos no significa necesariamente una mala noticia. Por el contrario, nos muestra que innumerables contagiados, especialmente entre la población más joven, podrían sobrellevar el virus sin consecuencias graves. Si esa población alcanzara un tamaño adecuado, se convertiría en una barrera cortafuegos capaz de proteger a la población más vulnerable. Conseguir la llamada “inmunidad del rebaño” es, sin duda, una estrategia controversial, aunque no del todo descabellada.  En Alemania la estrategia se ha implementado de manera mixta, y por ello se han clausurado escuelas y universidades, pero sin aislar a la población, aunque velando por que se respeten estrictas medidas de higiene y de distanciamiento social.

Y si el encierro pretende evitar el colapso del sistema sanitario, postergar la cuarentena podría, por el contrario, llevar a muchos hospitales y centros de salud a la ruina. Según la revista Semana, los ingresos de los hospitales mejor dotados de Bogotá cayeron de 25.000 millones de pesos mensuales a 12.000 millones. La mitad de las camas se encuentran desocupadas, las UCI subutilizadas, y las consultas externas, cirugías y exámenes, cancelados casi en su totalidad. Y la crisis es similar en las otras grandes ciudades, sin hablar de aquellas zonas rurales donde la respuesta gubernamental ha sido enviar a la tropa a combatir el virus.

No sea que, en unos meses, cuando la pandemia inevitablemente estalle, no haya camas ni ventiladores porque ya no existan hospitales disponibles. Y no serán las víctimas del virus quienes saturen las camas y pasillos, sino los cientos de miles de pacientes hoy confinados, y con necesidades urgentes de cirugías y tratamientos que han tenido que ser postergados. El número indefinido de muertes indirectas, producto de la parálisis social, es difícil de estimar, pero bien podría asimilarse con el de otra pandemia.   

Por otro lado, el colapso inminente del comercio y de buena parte del sistema económico podría hacer que el remedio fuera peor que la enfermedad. Según el Dane, 47% de los trabajadores colombianos laboran en condiciones informales. Para esta población, el confinamiento ya no es motivo de preocupación, sino un asunto de supervivencia. Y, ¿qué hacer con los millones de personas que han perdido sus empleos? ¿Quién en los meses venideros les garantizará una fuente de trabajo?

Como suele ocurrir con los problemas de optimización, las soluciones casi nunca se encuentran en los extremos. No tiene ningún sentido, por ejemplo, que miles de pueblos en Colombia que no reportaban ni una sola infección debieran seguir una estrategia de total encierro. Tampoco tiene sentido que miles de niños y personas jóvenes que no conviven con adultos mayores deban permanecer aislados.

Y que no se hable de austeridad y sacrificio mientras el gobierno planea destinar 10.000 millones de pesos en carros blindados y otros gastos superfluos. El país podría hacer uso de esos dineros para financiar un censo urgente, uno que permita determinar cuál segmento de la población podría salir a las calles con razonable seguridad para reactivar así la fuerza de trabajo. Y también serían necesarios para conseguir más pruebas clínicas que permitan identificar de manera temprana a todos los infectados.

Para proteger a sus viejos, un país no necesita enclaustrar a sus niños. Como señalaba Piedad Bonnet en su última columna, ¿qué distópico raciocinio explica que solo se les permita media hora de juego tres veces por semana, y no todos los días? Y son risibles las medidas de algunos alcaldes de restringir el ejercicio en las calles a horas caniculares, con la pretensión de que el calor del medio día ofrezca seguridad contra las infecciones. Semejante insensatez, sin embargo, palidece al lado de los consejos y sugerencias del imbécil grotesco de pelo naranja, como aquella de ingerir blanqueadores o inyectarse desinfectantes.  

El miedo es mal consejero, y pésima la estrategia indiscriminada de “todos en la cama o todos en el suelo”. Ningún virus es totalmente nuevo, y nuestro sistema inmune ha aprendido a lo largo de la historia evolutiva a combatir infinidad de agentes patógenos. Debemos entender que esas cadenas elementales de ARN son tan antiguas como la vida misma, atávicas, eternas e inexpugnables. La influenza común, ese virus que ya no figura en la primera plana de ningún periódico, sigue matando cada año medio millón de personas.  

Las estrategias de distanciamiento social deben ser obligatorias si pretendemos que sean eficientes. Y no se trata de ideologías de derecha o de izquierda. Se trata de poner la razón a nuestro servicio, en lugar de encomendarnos a la santísima Virgen de Fátima, como sugiere una vicepresidenta cavernaria. ¿Qué pensarán ahora esos mismos oscurantistas fanáticos que hasta el día de hoy se oponen a los programas de vacunación? La solución, como afirma Tegnell, no consiste en clausurar todo un país, como se solía hacer durante las épocas de las apocalípticas pestes bubónicas.   

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