Por: Reinaldo Spitaletta

De pícaros y buscones

Pícaros eran los de antes. Casi todos desarrollaban las artes del rebusque porque el hambre acosaba.

La picaresca española, la que abrió las compuertas al Siglo de Oro, tiene paradigmas en aquellos seres, que acosados por las agonías del estómago, acudieron a los engaños, a la “fundación” de cortes de los milagros, a las imposturas, porque, además, no tenían mucho qué perder, distinto a ser carne de inquisición o presa de horca, o a que les cortaran una oreja (“Tiene las orejas nones”) o la nariz, como pena a sus triquiñuelas y descocados desafueros. 

La picaresca española, la de los lazarillos y buscones, fue una secuela de las hambrunas y miserias. Los más pobres, de poco o nada de escudos en la faltriquera, apelaron al ingenio para sobrevivir en un mundo de inequidades, de reyezuelos en cuyo imperio no se ponía nunca el sol. Ya no son las aventuras de caballeros y escuderos, sino las de una suerte de “lumpen”, de excrecencia social, que prende las luces de la inteligencia para iluminar la truhanería y las andanzas malévolas.

Digo que en ocasiones hay que volver a las lecturas de los lazarillos, como el de Tormes o el de Manzanares, o al Guzmán de Alfarache, o a las aventuras del Buscón llamado don Pablos, del inefable Quevedo, porque, a nosotros, gentes de un país como Colombia, lleno de bandidos a los que todavía nos les han cortado orejas y narices para hacerlos avergonzar en medio de sus “adoradores”, nos viene bien la lectura de la picaresca.

Los pícaros colombianos carecen de la gracia de aquellos personajes creados hace más de cuatrocientos años, en una España que expulsó judíos y moros, que llevó a tanta gente a las torturas de la inquisición, y que tuvo en sus grandes escritores y poetas los artistas y testigos indicados para leer costumbres y mentalidades. En Colombia, el catálogo de pícaros es inmenso y puede estar formado por presidentes de la república como árbitros de fútbol, pero eso sí sin la inteligencia ni el salero de aquellos personajes de la literatura.

¿Y a qué viene todo esto?, se preguntará el lector, con razón. Quizá solo es la constancia de un ejercicio como el que hicimos unas cuantas personas el viernes pasado, en una mesa de tertulia, en una tierra de gramáticos y bandidos, como es Bello, Antioquia, hablando de la picaresca española, de Cervantes, de Lope de Vega, pero en particular del Buscón y con especial énfasis en su autor, Francisco de Quevedo, del cual también tocamos sus vicios y antisemitismo, qué vaina.

“¿Ay, y es que los poetas no son seres puros?”, preguntó, no sin cierta inocencia, una muchacha, a la que, tras advertirle que de los poetas (y de todos los artistas) lo importante es su obra, se le habló de Villon y su vida poco ejemplar; de Genet y sus manías ladronescas; de Celine y sus simpatías por los nazis, etc. Los poetas también son pecaminosos, mi querida.

La situación límite del hambre (aparte de sus orígenes) lleva a don Pablos a la práctica de la picardía, a desarrollar dotes de estafador, a agudizar el magín, como, por ejemplo, lo que hizo con un ama, que tenía trece pollos en el corral, y él una hambruna de la madona. La escuchó llamarlos con el tradicional “pío, pío” y esto le dio pábulo al ingenioso buscón. Le armó un discurso temerario, que se estaba burlando de la inquisición, que además estaba blasfemando al decirles “pío” a los pollos, cuando ese es nombre de papas, que son vicarios de Dios. Las ardides verbales fueron tantas, que don Pablos pidió los dos pollos para llevarlos donde un pariente a que los quemaran y así ella, el ama, quedaría salvada. Además, ella le dio otro en gratitud. El banquete que armó don Pablos con sus amigotes fue celestial.

Claro que, volviendo al cuento, en nada se parecen las andanzas de aquellos pícaros de literatura, a las de tantos antisociales colombianos, de cuello blanco y de los otros. Porque los de por aquí, aparte de su ordinariez, ponen -algunos- cara de santurronería, ojos de seminarista, y fingen, en muchos casos, ser bienhechores de la sociedad. Se erigen dueños de la moral y nada raro que alguno de ellos termine con el tiempo honrado en los altares. Y con las orejas y la nariz completas.

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