Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

¡De pie los esclavos sin pan!

Se suponía que mi amiga Isabel Barragán cumplía años el 11 de julio. Por un bolero falaz descubrió que en realidad nació el 10 de febrero. No envejece ni embarnece: siempre esbelta, flexible, magnética. Pudo ser modelo, ángel de Victoria’s Secret, pero prefirió ponerse a leer. Ahora estamos comiendo empanadas chilenas y argentinas en Versalles, de don Leonardo Nieto, en Junín entre Maracaibo y Caracas, pleno centro de Medallo de mil amores. Mete la mano a su bolso Hermès y saca El agua de abajo (Literatura Random House, agosto de 2019, 348 páginas), de Juan Leonel Giraldo, cronista de cronistas.

Hacía tiempos no me conmovía tanto un libro de no ficción, se emociona. Son 25 retratos, más allá de los parámetros de la crónica periodística. Escritos con destreza, escrupulosidad e inspiración, captan la esencia de proletarios humildes y sencillos. Suspira embelesada: Son invaluables joyas literarias. Voy a hablarte de tres que me fascinaron.

“¡Báileme este trompo en l’uña!” es la historia de un cosechero de café que por puro placer aprende a tirar el trompo hasta volverse una leyenda en las breñas del Quindío. Pobre de solemnidad, vive al día con una maleta vieja pues “nunca ha tenido nada, ni tierra, ni carro, ni casa, ni un cuarto, ni una alhaja, ni un reloj, ni un anillo”.

Otra crónica aún más hermosa es “Un arriero de Sonsón”, dice Isabel. Un viejo le cuenta su vida a un muchacho: correrías, bueyes, mulas, fondas, mujeres, precipicios. El muchacho escucha silencioso mientras el viejo dispone hasta “sus más entrañables secretos” en una charla de dos días seguidos en un bar con olor a rosas podridas. Isabel vuelve a suspirar: Al instante me acordé de Winesburg, Ohio, ciclo de cuentos de Sherwood Anderson. ¿De quién? Sherwood Anderson que engendró a William Faulkner que engendró a Gabriel García Márquez que engendró a Remedios, la bella, y al general Zacarías Alvarado que engendraron la mejor literatura del siglo XX. Vea, pues, suspiro yo también.

Y si quieres delirar, dice Isabel, lee “Un cielo sin estrellas”, sobre Zuleida, una adolescente de 13 años, en Condoto, Chocó. Es todo un cántico a la desamparada antorcha de los abandonados por los dioses y el capital. Isabel me muestra la página 271: “Todos somos pobres, pero habemos pobres que comemos rico, y hay ricos que comen pobre”.

Si estas semblanzas fueran pinturas serían retratos de Francisco de Goya y Lucientes, Diego Velázquez o Edward Hopper. ¿Estás exagerando para que entienda, cierto?, le pregunto. Ni un poquito. En estos poemas en prosa reverbera Karl Marx. ¿Y es que tú lees a Marx? Saliendo contigo, pues, toca. Me quedo estupefacto. El agua de abajo, sigue Isabel, es un melting pot de Balzac, Kipling, Conrad, Roa Bastos et al. Son ficciones reales, añade. ¿Algo así como las novelas de no ficción de Truman Capote?, pregunto. ¡Ay, Mejía, qué haría yo sin ti!

Rabito: “Pero ellos no pudieron saber de las palabras del viejo sobre la fabricación de pólvora con el espíritu de las cáscaras de naranja, de los artefactos que flotaban en el aire sin cuerdas que los sostuvieran, de los prodigios que se lograban con las ramitas del dormilón, del día en el que lo acechaban para matarlo y él se convirtió en perro y pasó por en medio de sus enemigos lanzando una carcajada sin que ellos se dieran cuenta, de las cosas de Dios y de las cosas de Belcebú”. Juan Leonel Giraldo. “Un arriero de Sonsón” en El agua de abajo, agosto de 2019.

@EstebanCarlosM

877503

2019-08-24T00:00:52-05:00

column

2019-08-24T00:15:01-05:00

[email protected]

none

¡De pie los esclavos sin pan!

30

3813

3843

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía

¡Paro, paro bonito, paro, eh!

De sólo un mal no escapamos: de la muerte

La hecatombe del teflón de Uribe

Si dices mi nombre, morirás

Duque, el subpresidente que nos merecemos