Por: Francisco Gutiérrez Sanín

De pirómanos y amateurs

Me preocupa la política del Gobierno colombiano hacia Venezuela. No porque sus denuncias sean totalmente falsas. Maduro en efecto ha creado una crisis migratoria enorme. Encabeza un gobierno antidemocrático y represivo. Hay evidencia seria de que éste actúa como santuario para grupos armados ilegales colombianos. Y destruyó el aparato productivo de su país. Económicamente, el régimen de Maduro no ha funcionado y no puede funcionar. No apostaría un peso por su éxito en el largo plazo.

Pero en el largo plazo, decía el buen Keynes, todos estamos muertos. La política exterior debe tener metas amplias, pero a la vez algún principio de realidad. Nada de eso —ni los objetivos estratégicos, ni la comprensión mínima de la constelación de fuerzas dentro de la que se actúa— veo en el no tan lento descenso al infierno de la hostilidad abierta y no institucionalizada que están protagonizando los dos países. Un descenso, hay que decirlo, en el que el Gobierno colombiano tiene una alta responsabilidad.

Digo esto por dos razones simples, sobre las cuales hay documentación muy amplia. Primero, una cosa es entender que el Gobierno de Maduro no es tremendamente democrático, e incluso decirlo abiertamente, y otra orientarse hacia el cambio de régimen. Lo que ha estado haciendo el Gobierno Duque es lo segundo. Haber dado ese paso sin un análisis mínimo —¿hay algún documento?, ¿alguna reflexión escrita sobre el asunto?, ¿alguna clase de cálculo?— es una irresponsabilidad inaudita. En mi humilde opinión, Colombia no tiene ni las capacidades organizacionales y económicas, ni la legitimidad internacional, para propiciar cambios de régimen. En ninguna parte. Como siempre, me alegraría ser corregido con evidencia contraria.

Segundo, y precisamente por eso, aquella orientación hacia el cambio de régimen se apoya en una opción única: el poder estadounidense. No hay plan B. En ese punto una parte significativa de la opinión sigue a Duque, con un cándido entusiasmo que parte el corazón. Pues déjenme advertirles una vez más —lo hice ya en sendas columnas hace un par de meses— que la cosa es mucho más complicada de lo que muchos quisieran creer. Por un lado, históricamente los gringos en América Latina esperan que otros les saquen las castañas del fuego y no al revés. Por el otro, con Trump el esquema de alineamientos globales estadounidenses ha cambiado profundamente. Nada refleja de manera más elocuente ese cambio que la patada en el trasero que el magnate le acaba de dar a Bolton. Los dos —Trump y Bolton— tienen un formato mental de derecha dura. Pero Bolton es un halcón tradicional, belicista y unilateralista, para quien el viejo esquema de la Guerra Fría sigue vigente. Trump en cambio está redibujándolo: lo ha dicho y hecho públicamente, a una velocidad bastante asombrosa (tanto como la incapacidad abrumadora de nuestro Gobierno para entender el fenómeno). Es claro que, por una razón u otra —sean salaces leyendas urbanas, sean razones de fondo, o una combinación de ambas—, Trump ha desarrollado una relación especial con la Rusia de Putin y su orientación global contraria a la democracia liberal. Lo cual incide ya de manera muy visible sobre las políticas estadounidenses en Europa, Irán, Iraq, la península coreana y, sí, Venezuela. Sabemos ya que el exceso de entusiasmo de Bolton frente al vecino país fue uno de los motivos de su salida por la puerta de atrás. El escenario, pues, está bastante abierto e inestable. ¿Y si las garantías estadounidenses no son tan seguras, dónde nos dejará el activismo de Duque?

Mal mirada la cosa, pues, estamos involucrados en un juego con materiales explosivos y altos niveles de incertidumbre en el que, de nuestra parte, tienen la voz cantante un aficionado y un pirómano. El aficionado actúa sobre bases fatalmente erradas que pueden costarnos horrores. El pirómano exige ver fuego y sentir explosiones ya, ya. ¿Será que el uno está tomando órdenes del otro?

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2019-09-12T15:35:25-05:00

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2019-09-12T17:18:50-05:00

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