Por: Nicolás Rodríguez

De pobres que no son tan pobres

La simplicidad de la frase con que Pambelé ingresó al libro gordo de la sabiduría popular, "es mejor ser rico que pobre", resume a cabalidad la intervención del vicepresidente Garzón en el tema de los $190.000 mensuales con los que una persona deja de ser considerada como pobre.

La simplicidad de la frase con que Pambelé ingresó al libro gordo de la sabiduría popular, “es mejor ser rico que pobre”, resume a cabalidad la intervención del vicepresidente Angelino Garzón en el tema de si por recibir más de 190.000 pesos mensuales una persona pasa a ser parte de la clase media.

Desde luego, el filósofo de las trompadas tenía toda la razón. De donde se sigue que también la tiene el criticadísimo Garzón, quien le habla a la ciudadanía desde el sentido común: con esa suma de dinero nadie hace un mercado.

Como era de esperarse, la burlona reacción de algunos economistas opacó el debate. Es más, para muchos ni siquiera hubo debate. O mejor: el debate no valía la pena. Como sea, el argumento técnico, aséptico, necesario para vencer la propia pobreza, le fue impuesto al flemático discurso del funcionario. Un cortocircuito; pero además, un momento típico e inevitable, de caricatura, en el que el alto tecnócrata que con toda la pedantería del caso observa, mide, lee y clasifica a la gente, se estrella con el que asume el papel (¿libreteado?) de voz y eco de los de abajo.

Por fortuna, el congresista Juan Manuel Corzo nos sacó del previsible enfrentamiento entre técnicos y políticos al aceptar, con elocuente contundencia, que los 16 millones que recibe al mes no le alcanzan para la gasolina de los dos carros que le dieron. Como en el cuento de la pobre viejecita.

Y así, confirmamos que a pesar del lenguaje reductor de la economía, la pobreza, en realidad, tiene varios significados. Sobre esto mismo escribió la historiadora canadiense Cynthia Milton (*) un premiado libro en donde aborda, con lujo de detalles, los muchos sentidos que tiene la pobreza en el Quito colonial. La autora explica que la Corona les ofrecía a blancos y criollos caídos en desgracia una serie de ayudas económicas que les permitían diferenciarse por su raza o su honor (su “calidad”) de los otros pobres que sí se merecían la pobreza.

Y que para hacerse a esta suerte de privilegios debían demostrar, con frases del tipo de “soy tan pobre que no tengo una india que trabaje para mí”, que aunque necesitados no hacían parte de las castas inferiores. Tan pronto se les acordaban estos alivios, agrega Milton, el sistema de dominación colonial, con todo y sus radicales diferenciaciones, quedaba legitimado. Y ello a pesar (¿o a través?) de la pobreza.

Algo parecido estará ocurriendo hoy por hoy en Colombia (y ya no en el Ecuador del siglo XVIII), en donde un Congresista que exige un bono estatal para gasolina afirma que eso no es discutible pero una persona que gana 200.000 pesos no puede, ni siquiera, debatir.

(*) The Many Meanings of Poverty. Colonialism, Social Compacts, and Assistance in Eighteenth-Century Ecuador, Standford University Press, California, 2007.

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