Por: Ramiro Bejarano Guzmán

De protestas estudiantiles y silencios oficiales

Hace mucho rato no teníamos oportunidad de ver marchas estudiantiles con sustancia y verbo, como las que presenciamos esta semana en Bogotá y en las principales ciudades del país.

No estaban dormidos los estudiantes, sino silenciados, y ahora encontraron motivos legítimos para hacerse sentir, y a fe que lo lograron, porque de la altivez de un Gobierno que no parecía dar su brazo a torcer, hemos pasado a que el vicepresidente y la ministra de Educación por primera vez hablen de concertación con la población estudiantil.

Si en Cali no hubiere muerto uno de los marchantes, además en forma tan confusa, la jornada habría sido extraordinaria. Se movilizaron muchísimas personas, en Bogotá cerca de 40 mil jóvenes marcharon pacíficamente, haciendo gala de humor y lanzando inteligentes arengas y estribillos contra la malhadada reforma de la ley de educación, que promueve “universidades con ánimo de lucro” y la cual el Gobierno se empeña en sacar adelante.

Tuve oportunidad de oír una entrevista de Yamid Amat a Jairo Rivera, uno de los líderes de las marchas, quien se defendió sagazmente de las trampitas que el periodista le tendió para que quedara en la retina de los televidentes que los caminantes eran vándalos. No sucumbió el entrevistado al hábil interrogatorio de Yamid, pues siempre dejó en claro que los disturbios se presentaron después de las manifestaciones, por personas ajenas a las organizaciones estudiantiles. Yo le creo, como seguramente muchos colombianos, porque nuestros estudiantes no son facinerosos, ni asaltantes, son apenas soñadores con las esperanzas intactas. Lo que dijo Rivera debería poner a los medios en alerta: hay personas ajenas a las universidades que están destruyendo lo que no han tocado los estudiantes, para que parezca que son unos locos desadaptados.

La tiene dura el Gobierno con estos estudiantes, cuyas férreas razones para oponerse a las “universidades con ánimo de lucro” se ofrecen convincentes. Ya veremos si el presidente Santos resiste, cuando los estudiantes prolonguen indefinidamente sus caminatas y el cese de actividades. La experiencia de Chile tiene que tener si no asustado a punto de estarlo a más de un funcionario del alto Gobierno.

Mientras los estudiantes protestaban en la Plaza de Bolívar, en el Congreso el Partido Conservador estuvo a punto de conseguir reformar la Constitución para abolir cualquier posibilidad del aborto y sepultar la sentencia de la Corte Constitucional que lo autorizó para tres situaciones específicas.

Nada tiene de raro que la godarria recalcitrante hubiere estado ad portas de conseguir semejante ofensa a la dignidad de las mujeres, pues hasta se oyeron planteamientos tan insólitos y necios, como el de Enrique Gómez Hurtado, sosteniendo la inmensa tontería de que no hay cómo probar que una mujer fue violada, como justificación para prohibir el aborto.

Lo que resulta original, por decir lo menos, es que durante el debate en la Comisión Primera del Senado no haya aparecido un solo miembro del Gobierno a defender o atacar el proyecto contra el aborto. Esta vez ni los ministros pantalleros se asomaron por el Congreso, les dio culillo desafiar a la casta de intolerantes, presidida por ese troglodita prevaricador del procurador Alejandro Ordóñez, que estaba detrás de ese demencial proyecto.

Nos quedamos sin saber de qué lado está el Gobierno en esta polémica de interés público. Y el asunto resulta preocupante, porque si se hizo el de la vista gorda con el proyecto antiaborto, es de suponer que lo mismo hará con la convocatoria de un referendo, con el que la ultraderecha quiere someter este país al oscurantismo y al atraso.

¿Quién es el demócrata del Gabinete de Santos, capaz de oponerse al referendo antiaborto? Tal parece que para eso no funciona la cacareada Unidad Nacional.

Adenda.- Mientras la Corte exonera al “Absolvedor” Ordóñez de imborrables faltas, él cínicamente maneja la nómina de la Procuraduría para hacerse reelegir. Y nadie se atreve.

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