Por: Pascual Gaviria

De psiquiatras y domadores

¿QUÉ TAN CERCA DEL OJO PUEDE llegar la aguja ardiente? ¿Cuánto debe durar la humillación para no dejar la marca de las pesadillas? ¿Qué línea separa la dureza de la coerción, con sus trampas y sus premios, del terror de las punzadas?

A los psicólogos y los psiquiatras les ha correspondido contestar esas arduas preguntas según su certeza de especialistas del dolor. Viendo que sus recorridos pueden señalar los límites dudosos de la anormalidad, es lógico que se arriesguen a redactar una pequeña cartografía de la barbarie y sus fronteras, un intento por regular el ímpetu de los verdugos. Trabajo similar al del domador profesional que sabe bien hasta dónde resiste la fiera que le han encargado: ¿cuándo la vara la hace más arisca y cuándo le enseña la docilidad?

Durante la convención anual de la American Psychological Association (APA), a la que los militares norteamericanos asistieron con celo marcial en 2007, se discutió la posibilidad de prohibir a sus afiliados la participación en interrogatorios que siguieran el estilo impuesto en Guantánamo. Luego de tres días de deliberaciones se logró trazar una línea no sólo indefinida sino turbia: diecinueve técnicas de averiguación serían prohibidas, pero únicamente “si se usan de forma que suponga un dolor o sufrimiento significativo o de manera que una persona razonable considere que pueda provocar un daño duradero”. Una declaración muy similar al manual de torturas que los norteamericanos redactaron para Abu Ghraib y que permitía treinta y dos métodos de interrogatorio destinados a debilitar el “orgullo y el ego” de los detenidos. Al modo de nuestros contratos de salud prepagada, las guías de los sádicos buscaban identificar qué tipo de lesiones se pueden causar en busca de la “verdad”, sin que la insistencia se convierta en maltrato.

La reunión gremial terminó con un cisma que amenaza al ejército norteamericano con una escasez de doctores con agallas y espinas. El doctor Steven Reisner, hijo de un sobreviviente del holocausto, decidió liderar una coalición disidente. Cuando los alarmados coroneles del ejercito gritaban: “Si retiramos a los psicólogos de estas instalaciones, ¡va a morir gente!”; la respuesta del bando contrario a la gradación milimetrada del alicate se hacía oír: “Si hacen falta psicólogos allí para que los detenidos no acaben muertos, entonces las condiciones son tan horrendas que lo único ético y moral que se puede hacer es protestar contra ello saliendo de allí”. Se dejaron de pagar cuotas de sostenimiento, miembros ilustres devolvieron sus medallas y luego de algunos meses los diecinueve métodos de interrogatorio fueron proscritos por la asociación. Ahora Reisner es el más firme candidato para las elecciones de octubre que definirán el presidente de la APA y pretende evitar que sus colegas puedan ver a dos clases de hombres: los pacientes y los detenidos. Hace poco un funcionario del Pentágono aseguraba que su personal de psiquiatras y psicólogos “no violaban las normas éticas porque no trataban pacientes, sino que sólo actuaban como científicos conductistas, asumiendo el carácter de interrogadores de los detenidos”.

Un magistrado en tierras bárbaras, un hombre obligado a juzgar lo que para todos parecen prácticas comunes, rutinas viciadas y necesarias, se pregunta en una novela de J.M. Coetzee asuntos parecidos a los que el inquietante psicoanalista Steven Reisner se pregunta en Nueva York: “…qué sentiría la primera vez que lo invitaron como aprendiz a retorcer los alicates o apretar las tuercas o hacer lo que tengan por costumbre: ¿se estremeció siquiera ligeramente al saber que estaba traspasando el límite de lo prohibido? Me pregunto también si tendrá un ritual de purificación personal, llevado a cabo en secreto, que le permite regresar a compartir la mesa con otros hombres. ¿O acaso el Departamento ha creado una clase nueva de hombres que pueden pasar sin inmutarse de un mundo sucio a otro limpio”.

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