De puertas para adentro

La amenaza de contagio por el coronavirus, con su secuela de confinamiento, ha creado un experimento social involuntario lleno de pequeños asombros. De repente la realidad es como un mantel bordado que tendiéramos por el revés, dejando expuesto el entramado, los remates y los nudos. Uno de esos asombros, que se ha manifestado en infinitud de memes con ingenio y humor, es el de la constatación de lo abrumador de los oficios domésticos. Uno de ellos, que sintetiza muy bien lo que está sintiendo medio mundo, es el que trae unas palabras de Agatha Christie: “Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Fregar los platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría”. Otros, los más místicos, dirán que es más bien una oportunidad de meditar. Por fin parece, pues, dimensionarse el trabajo de las llamadas “empleadas del servicio” —una figura que en los países ricos es casi inexistente o que devenga por horas con muy buenos salarios—, mujeres que deben madrugar a ocuparse de sus casas y sus hijos antes de hacer largos desplazamientos para liberar a otros de la tarea pesadísima de limpiar, lavar y cocinar. Ellas son el reducto de otras épocas, y su existencia sólo se explica en razón de las desigualdades y, por ende, de la necesidad. Y de una manera que tenemos de enfrentar la limpieza muy distinta a las de otras latitudes, donde se es tan laxo con el aseo como la vida lo exija: se limpia cuando se puede porque las prioridades son otras.

El confinamiento nos ha cargado de tareas impensadas, como acompañar a los niños en sus clases virtuales o desinfectar el mercado siguiendo unos protocolos estrictísimos en medio de la paranoia, pero también nos ha liberado de las presiones externas y nos ha permitido una cierta “desnudez” que nos aliviana: ya el maquillaje (que, según Baudelaire, las mujeres usamos “para fragilizar nuestra débil belleza”) no pareciera tener sentido, muchos hombres han dejado de afeitarse y estamos repitiendo ropa con tal de no lavar. Y hasta el que hace teletrabajo y se esmera por parecer bien presentado de la cintura para arriba puede calzar pantuflas. Las flores, que traían a las casas esa porción de belleza natural que hace falta en cualquier vida, ya casi no se venden ni se compran. Desaparecieron las páginas sociales y los avisos mortuorios. Hay cosas que empiezan a parecer fuera de lugar: la moda, los avisos publicitarios y los espacios de farándula y de deportes, en medio de las cifras de muertes y quiebras.

Para soportar el aislamiento, por otra parte, ha aparecido una necesidad tal de comunicarse con el afuera que, además de las llamadas a los seres más cercanos, han aumentado los mensajes de personas que antes nunca aparecían. Una multitud se volcó a hacer lo que “el aparato productivo”, para usar las palabras del ministro, no les permitía ordinariamente: desde pan hasta aprender un idioma —como si la pandemia fuera a durar años—, leer poesía o visitar museos. Personalmente, más allá del agobio de sentir que el confinamiento es obligatorio —y por supuesto necesario— yo siento que he recuperado tiempo y silencio. Y a sabiendas del precio de dolor que estamos pagando, creo que a esta pausa reflexiva podemos darle mucho sentido.

 

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