Por: Ignacio Zuleta

¿De qué color son las armas?

"HACE RATO HAY CONFLICTO ARmado en este país", dice el presidente Santos en Tumaco hace unos días. Y este axioma tan obvio, que cambia para bien el cariz de la ley de víctimas, ya nos lo había mostrado el director de cine Carlos César Arbeláez en Los colores de la montaña.

Hace 25 años no escribía una reseña de cine. Pero es tal la fuerza de la verdad sencilla que nos muestra esta película, que compele a mezclar la crónica de cine y la crónica de guerra. Los colores de la montaña, una película colombiana como ninguna, logra con los fantásticos recursos del cine lo que no había logrado ningún otro medio: mostrar desde la experiencia de las víctimas reales, especialmente los hijos del conflicto, los horrores de la guerra que vivimos. La narración se centra en Manuel y sus amigos, unos niños campesinos de las hermosas montañas antioqueñas, interesados en jugar al fútbol en la cancha veredal improvisada. Pero esta cancha es una trampa mortal pues la guerrilla, que poco a poco se adueña de la zona, ha sembrado con minas “quiebra patas” sus linderos. Y no se hacen esperar los paramilitares en el área, y comienza el conflicto en el que, como siempre, llevan las de perder los campesinos atrapados en el fuego cruzado de las ideas y el plomo de los múltiples ejércitos, incluyendo al Ejército Nacional, que ha usado los terrenos de deporte como helipuerto de sus incursiones.

Sin escándalos fílmicos y sin demagogia, la película ganadora de premios merecidos expone el horror sordo que comienza a hacer estragos. Los campesinos inermes arraigados a su tierra no tienen salvación. Si colaboran con los señores de las armas de un color ideológico, se vuelven enemigos de los otros sin remedio. La violencia se mete a los hogares instigada por la tensión insoportable del ambiente; se rompe la familia, crecen la zozobra y la desesperanza, las minas antipersonales de la crueldad y el odio explotan en las almas inocentes. La profesora que llega a la vereda sufre la misma suerte, ve desaparecer los nombres de los niños en su lista, y con el corazón roto, amenazada por declarar la escuela territorio de paz, agarra su morral y abandona su celo pedagógico casi heroico y se desplaza como todas las familias montañeras hacia el destino cruel de los parias de la guerra. Crecen las filas de los hambrientos desplazados que vemos haciendo malabares en las calles. ¿Y no hay conflicto armado, dice un expresidente?

Quizás el doloroso y saludable reconocimiento que hacen el Gobierno y la película de que estamos en guerra sea un comienzo de reparación y de conciencia. Los habitantes de la ciudad, en general preferimos vivir de espaldas a los espantos que suceden, hasta que no nos tocan en forma de explicable delincuencia urbana, que en Colombia es común por donde se le mire. Estamos sembrados de minas —y encabezamos la lista en el mundo de víctimas de minas antipersona, y repito, primeros en el mundo— enterradas por todos los ejércitos, sin mapas ni señales. Pero estas bombas y su equivalente moral en la salud mental del colombiano podrían desactivarse sin que exploten si nos comprometemos a decirnos la verdad de lo que pasa, si desmantelamos el negocio de las armas y repartimos estas fértiles tierras con justicia.

 

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