Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

De qué lado está usted

Hablemos. Discutamos si es preciso, señor. Enfurezcámonos. Reventemos contra el suelo todas y cada una de nuestras máscaras. Que de nuestras máscaras no queden sino las astillas. Digamos lo que pensamos, siempre y cuando sea lo que pensamos, no ese montón de imposiciones que se inician apenas nacemos y que jamás terminan. Al contrario, se multiplican. Con otros nombres y en distintos lugares, pero se multiplican, y con el tiempo las llamamos educación. Yo diría que es amaestramiento. Nos amaestraron y lo permitimos, y peor aún, nos ufanamos de ser amaestrados, colgando de la pared títulos y cartones, premios y condecoraciones. 

¿Pero sabe? Cada título y cada premio son la más perfecta muestra de nuestra robotización y de la herencia capitalista que hemos recibido, que de los males del capitalismo, tal vez es el peor. Detrás de esos cartones hay una competencia feroz, un pago infinito, un creciente culto al yo, a la mezquindad y a la vanidad, un desprecio por el otro, e incluso, un eliminar al otro, pues el otro siempre será una amenaza. Pese a todo eso, no nos damos cuenta. Es que nos amaestraron para que no nos diéramos cuenta, para que produzcamos más títulos y más premios y para ser mejores que el otro, no para luchar con el otro o por el otro, y mucho menos, para ser un nosotros en todo el sentido de la palabra. 

En esa carrera sin límites, pasaron de moda el nosotros y por supuesto, el tratar de ser buenas personas, y se impusieron el yo, mi metro cuadrado, mi comodidad y mi todo. El otro, que es aquel y el de más allá, y usted mismo aunque no lo crea, sólo existen si son útiles, convenientes para producir más de lo mismo, con los mismos y bajo sus reglas, y si llegan a decir cosas como un sacerdote de los 60, cuyo nombre era Arturo Paoli, “una espiritualidad se define como la capacidad de injertar la propia historia en la historia del mundo y sentir la historia del mundo como si fuera la propia historia”, los califican de ingenuos y utópicos. 

O los borran de los libros y de la memoria de sus contemporáneos para promocionar, premiar y distinguir a los prácticos y a los que legitimaron y siguen legitimando su sistema, señor.  Aquellos, los utópicos, se convirtieron en sus enemigos. Éstos, en sus cómplices, los que componen las instituciones y se reparten las dádivas.  Por eso le digo que hablemos. Ya usted sabe de qué lado estoy yo. O lo infiere. Pero yo aún no termino de saber de qué lado está usted.   

 

 

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