¿De qué paciencia estamos hablando?

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Ya hace tiempo que el cinismo de las Farc me parece incomprensible, pero lo de estos últimos días comienza a ser delirante.

Un analista español me hablaba en estos días de “atentado suicida”: las Farc parecen empeñadas en dinamitar la mesa de negociaciones de La Habana y morir al mismo tiempo. Sí, sí, ya sé: ya sé que todos los negociadores en todas las negociaciones del mundo han intentado “mostrar músculo” cuando se avecina un acuerdo, y ya me han explicado quienes saben más que aquellas exhibiciones pueden ser incluso síntoma de que, como decía la revista Semana, “las negociaciones están llegando a un punto decisivo”. Para mí, sin embargo, las declaraciones de los negociadores le quitan a este proceso el apoyo de esa minoría colombiana para la cual ya es imposible hacer la paz con las Farc, pero todavía se puede hacer la paz a pesar de ellas. A estas alturas del partido, justificar el injustificable crimen del secuestro o negarse a aceptar la condición de victimarios no sólo presenta a las Farc como una organización de fanáticos desnortados sin contacto alguno con la realidad, sino también, dentro del territorio de la mesa de negociaciones, como una contraparte que no sabe lo que quiere, y con la cual, por eso mismo, nunca se podrá llegar a un acuerdo.

También es verdad que la sociedad colombiana dejó de confiar en la voluntad de paz de las Farc hace 15 años. Pero la relación entre dos partes alrededor de una mesa es muy distinta y las Farc llegaron en Cuba a dar leves muestras de responsabilidad (de algo parecido a la responsabilidad) en estos últimos meses. Ahora parecen empeñadas en recordarles a los colombianos las razones del desprecio unánime que les tienen y, también, la razón por la que a tantos les resulta tan repugnante la perspectiva de verlos incorporados a la vida política. Ante la opinión internacional —que, digan lo que digan, sigue pesando lo suyo— pierden legitimidad, entidad y autoridad futura con cada atentado insensato cuyas víctimas, esas víctimas que no reconocen, salen de la sociedad civil; ante la opinión nacional, refuerzan y apuntalan a esa extrema derecha que tiene tantos simpatizantes, legales e ilegales, y para la cual cada eufemismo injurioso y cada pedazo de retórica violenta, por no hablar de esas bombas que devuelven pueblos a la pobreza de hace diez años o esas granadas que matan niñas de dos años, funciona como combustible.

Hace un año, cuando un negociador de las Farc dijo con desvergüenza que de las víctimas se hablaría “en su debido momento”, escribí que ese momento tenía que ser ya. Escribí: “Puede ser que la sociedad civil no sepa a veces por qué apoya el proceso; pero cuando deje de hacerlo, señores de las Farc, tendrá muy claras las razones”. Esa sociedad civil ha mantenido a raya a quienes han querido echar abajo el proceso; su paciencia, dijo Santos en estos días, se acaba. Creo que se equivoca: esa paciencia se acabó hace rato. El proceso sigue vivo a pesar de ello, sostenido por la constancia de los negociadores del Gobierno y el hambre de futuro (de un futuro sin Farc) que tiene chantajeado al país. Pero uno se pregunta: ¿podría ser que el proceso haya muerto ya, como el señor Valdemar en el cuento de Poe, y que se convertirá en polvo cuando alguien lo saque de su hipnotismo?

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